MIRADA TURBIA

¿Qué ha sido de aquellos años tan lejanos, tan remotos, cuando aún cabía la esperanza; cuando el mañana era contemplado con un color verde esmeralda, y cuando los suspiros que anegaban el alma aún conservaban un poco de calor, un poco de vida, un poco de fuerza? Por aquellos tiempos el espíritu aún se presentaba vigoroso, capaz de desafiar a la pérfida suerte, deseoso por trocar tan agrio destino. Su juventud le otorgaba aquel valor, aquella ilusión, para enfrentar los adversos designios, con la ingenua seguridad de que finalmente su perseverancia sería escuchada; que los hados recompensarían su tenaz lucha y darían un poco de sosiego a su persona, permitiéndole gozar de la dicha.

Pero aquella juventud ya había quedado sepultada, para siempre perdida y olvidada; muerta y abandonada, como tantos cadáveres que a diario se enfrían y se hunden en la tierra. Su sangre se apaga, y sus últimos restos son vorazmente devorados por mezquinas criaturas que les corroen las entrañas. Es el tiempo que pasa implacable y decidido; el tiempo, que a todos iguala. A justos y a criminales; a honestos y a despiadados, a todos indiscriminadamente ataca.

Ahora con temor se lavaba por las mañanas frente al espejo y veía en él reflejada su turbia mirada; sus ojos, que cada vez observaban más ofuscados, más blanquecinos, con las pupilas más dilatadas; esa frente surcada, plagada de arrugas; esa piel antes tersa y definida, que ahora caía indolente y agotada; ese cráneo del que antes de desprendía una tupida cabellera, ahora convertido en una estéril llanura. Hubiera querido, de haber podido, examinar los cambios que se habían operado también en su alma, aunque sin verlo fuera consciente de la magnitud de aquella herida, de la tremenda gravedad que le acechaba. Notaba su corazón débil y fatigado, seco por tan profundos lamentos, desgastado por tan insoportables dolores, ya casi sin aliento.

El río de su existencia, por donde antaño habían circulado mansas aguas, sin el entusiasmado movimiento de los seres felices, pero con la paciencia de quien aguarda el gozo, se había desbordado y ahora le mostraba su rostro desfigurado, superpuestas las ondas y lleno de barro. Veía su imagen descompuesta y a su mente acudían los recuerdos, su pasado frustrado, mientras de sus ojos empezaban a caer desconsoladas lágrimas; golpeaban contra la embravecida corriente de sus días y se perdían, como se habían perdido tantas y tantas gotas del miserable océano de su vida.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

16-07-2017.

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