MIEDOS INTERNOS

Fue un descanso breve e incompleto, con el cuerpo intranquilo, atrapado en aquella frontera imprecisa entre el apacible letargo y la vigilia, siempre alerta, con el primitivo instinto de supervivencia que le privaba de la acostumbrada calma. Eran muchos años de conocerse a sí mismo; ya sabía cómo funcionaba la deficitaria máquina de sus nervios. En muchas ocasiones había luchado en vano por dominarlos, por sobreponerse a aquella fuerza que lo arrastraba con tanta violencia; mas pobres habían sido los resultados. Apenas alguna tímida mejora, una breve tregua que le daba el enemigo, que aflojaba el yugo con el que cotidianamente le oprimía.

Fue precisamente su experiencia la que le advirtió de la noche que le esperaba, y aquel día lo pasó azorado, sabedor de que al llegar la madrugada, por más cansado que estuviera, el sueño le abandonaría; que, a pesar de que un horrible sopor cayera sobre sus miembros y las pupilas lo abrasaran, el sueño se presentaría perezoso e indeciso, presto a emprender la huida en cualquier instante.

Aquel tranquilizante lo hundió profundamente en el anhelado reposo; mas ni aún así pudo escapar a la ansiedad que interiormente le atenazaba; a ese temor inconsciente que tanto le acosaba. En diversas ocasiones despertó en medio de aquella pesadez para consultar el brillo fluorescente del despertador, incluso para comprobar si a través de las rendijas de la persiana se vislumbraban los primeros haces de luz del amanecer. Era una nueva batalla absurda que labraba y que, como las anteriores, la perdería. por más que quisiera mantener aquel obstinado pulso, no podría volver a sumergirse en la relajante corriente de lo etéreo; y el reloj corría presuroso y le consumía el aliento.

Finalmente, después de una hora dando vueltas por el maltratado lecho, se incorporó con el cuerpo débil y dolorido, con el estómago vacío. Faltaba hora y media para la partida, para aquel largo viaje que lo llevaría a aquella nueva aventura. Serían dos semanas apartado de su rutina, rompiendo aquella seguridad en que se hallaba instalado para vivir otras experiencias. y era volver a empezar, como tantas veces, ese interminable debate de los sentimientos enfrentados, las ganas de vivir con el pánico a hacerlo; el deseo de conocer y el miedo a fracasar y perder lo poco que tenía. Y, antes de todo, antes de emprender la salida, acabar de apurar hasta el último detalle con aquel cuerpo molido y exhausto, con aquella alma dubitativa, con movimientos vacilantes, sintiendo que en cada suspiro se le escapaba el aliento.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

19-07-2017.

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