UNA DECISIÓN DIFÍCIL

Hacía años que no escuchaba esa música. Ahora, de repente, una casualidad había hecho que esos acordes volvieran a sonar en sus oídos. La dulce melodía se deslizaba pausadamente; las finas notas se sucedían las unas a las otras; pero a su paso dejaban una huella de nostalgia, aumentada por los años transcurridos desde que por vez primera conociera aquella entrañable partitura. El momento que la misma pretendía evocar y glorificar venía remarcado en el título, que él leía con desdén. No compartía el supuesto entusiasmo que el autor y su primitivo público tuvieran por aquel acontecimiento que, más bien, contemplaba como una tragedia para aquellas hermosas tierras y sus habitantes, desde entonces destruidas y devastadas, con la muerte de aquellas nobles gentes.

El tiempo transcurrido desde aquella primera vez en que la escuchara; ese pasado irrevocablemente perdido; aquellos años de inocencia que ya nunca regresarían, como la virginidad desaparecida para el Nuevo Mundo, le asaltaron de nuevo en aquellos instantes. Sintió un escalofrío y se le nubló la mente. Arqueando ligeramente las cejas, su rostro adquirió una profunda pesadumbre; sus ojos tenían la mirada perdida, aunque aún no alcanzaran a derramar una lágrima. Sus mejillas palidecieron; el color había huido de ellas, sin dejar más rastro de vida que unos entrecortados suspiros de angustia.

Trato de poner sus ideas en claro; reflexionar fríamente con el apoyo que le brindaban aquellos acordes de fondo. La resolución que iba a tomar se le antojaba complicada; requería un gran esfuerzo por su parte, una constancia que durante los últimos años le había desfallecido, pero que debía renacer para ese enésimo esfuerzo, antes de que fuera demasiado tarde.

Cuando la música cesó, su persona notó un cambio abrupto. Fue de nuevo la calma, el sosiego, la normalidad. Sus cejas retomaron la horizontalidad; la sangre regresó a sus mejillas. Sin el dolor que le había afligido durante aquellos minutos, se cuestionaba si, llegado el instante que había determinado en su breve crisis, le faltarían las fuerzas para llevar a cabo ese cometido, que entonces le parecía un duro sacrificio; desenterrar fantasmas que ya creía desaparecidos, pero que siempre continuaban ahí, oprimiéndole como una losa, como un cadáver insepulto que anhelara el descanso. Por más que le pesara, debía cavar esa fosa para aplacar sus remordimientos y recobrar la paz. Aún le quedaban unos meses para mentalizarse y recuperar su entereza; para no desfallecer en el último instante.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

01-10-2017.

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