UNA PUNZANTE SOSPECHA

Todo aquello se le antojaba extraño; había demasiados cabos sueltos en aquella historia tan bella. Su instinto de conservación, atento a todo, miraba con recelo y suspicacia cada movimiento, cada reacción. Se había impuesto llegar hasta el fondo del meollo por sí mismo; recoger toda la información que precisara sin ayuda de nadie, basándose en su raciocinio, que le ayudaría a las piezas de aquel intrincado rompecabezas sin despertar sospechas entre sus allegados comunes, para eliminar cualquier tipo de sospecha o acto que le delatara.

Había concertado una entrevista con el padre de su amada. Enfocó la conversación de una manera sutil. Abordaba temas triviales, intrascendentes, pero que de alguna manera acababan por desembocar en el asunto que llevaba entre manos. Sin que el otro lo advirtiera, iban menguando sus defensas y lo iba envolviendo en una tela de araña. Su suegro hablaba despreocupadamente, con entera confianza, y pronto empezó a desvelar aquello que su yerno ansiaba saber. Conoció un pasado que le había sido oculto, y que, al revelarse, le asustó. Confirmó los temores que le habían advertido para que tomara tales precauciones; pero, una vez dado ese paso, no sabía cuál sería el siguiente. Había resuelto sus dudas, pero habría deseado equivocarse. Ahora debía enfrentar unos hechos pasados con los sentimientos que entonces tenía. Aquello era como dos fuerzas que se lo disputaban y estiraban fuertemente de sus extremidades, amenazando con destrozarlo. ¿Debía guardarse su secreto y no decirle nada; no pedirle explicaciones y vivir como si esa conversación no hubiera tenido lugar?, ¿Debería encarar la situación y hablar con ella?, ¿O se iría y rompería sin la menor palabra? La opción intermedia parecía la más razonable. No podía guardarse aquello; necesitaba confrontarlo con la versión de su amada antes de tomar una decisión. De lo contrario, siempre le quedaría esa duda; una duda que lo devoraría por dentro como un cáncer. Al día siguiente la vería, y entonces tomaría una determinación.

Despertó muy descansado. Hacía tiempo que no dormía tan bien, tan apegado a las sábanas, como cuando era niño. Deffinitivamente, el invierno le ayudaba a conciliar el sueño. Pero esa costumbre de leer a Galdós antes de acostarse le pasaba factura. Aquello mundos que había vivido reaparecían en su mente y cobraban nuevo vigor, y se sentía protagonista de aquellas historias.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

02-10-2017.

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