LÁGRIMAS EN EL CIELO

Un día nublado siempre se le hacía agradable, quizá porque fuera un paréntesis que cortara esos días sofocantes que a menudo le rodeaban; quizá porque podía dirigir la mirada al cielo sin peligro de que los potentes rayos del sol le hirieran las pupilas. Oteaba el firmamento con sus melancólicos ojos; trataba de penetrar esos oscuros algodones y recibir de ellos algo de consuelo, algo de compasión. Como si esas tinieblas inusuales y momentáneas, accidentales, que envolvían la mañana en un color ceniciento que no alcanzaba a identificarse con la noche, debido a los pálidos rayos que se filtraban por algunas oquedades y pugnaban en una feroz lucha por iluminar el paisaje, pudieran comunicarle algo del futuro que le aguardaba y aplacar esas acuciantes dudas que le asaltaban. Observaba el Olimpo vestido de luto, y se preguntaba si tal atuendo obedecía a la tristeza de los dioses por la muerte de una estrella; si los honores que recibiría la pobre difunta serían aquellas majestuosas lágrimas que a su vez perecerían al tocar tierra, y con ello se cumpliría el sentido homenaje de quienes no por ser eternos son inmortales.

Con la mirada perdida, abstraído en el infinito, en lo más recóndito de sus pensamientos, veía transcurrir su pasado y su vida entera; se lamentaba por su juventud perdida, que con su marcha se había llevado todas sus ilusiones y toda su energía. Añoraba aquellos años en que emprendía grandes proyectos, siempre con la esperanza de recoger posteriores sonrisas. Se satisfacía con pequeños logros que le hacían soñar que aún era posible el cambio de su existencia y conocer la felicidad; disfrutar siquiera de un diminuto atisbo de dicha antes de exhalar el último suspiro y emprender el último viaje, el único que no tiene retorno posible; los guardianes de cuya morada, celosos de su labor, siempre se muestran incorruptibles.

Pero el tiempo había marcado su alma con hondas cicatrices; había vaciado paulatinamente su corazón de esperanzas y había llenado el hueco de amargas lágrimas que en el momento menos esperado descargaban. Su cuerpo ya carecía de la vitalidad de antaño. Se veía y se comparaba con las gentes que lo rodeaban, y comprendía cuán lejana iba quedando ya su edad lozana, cómo se aproximaba la hora temida de pagar el tributo y vagar apesadumbradamente en medio de la nada. Ya creía ver el momento en que el féretro descendía con sus despojos a esa región fría, mientras algunas personas, engalanadas con negros ropajes, le daban la última despedida, acaso con alguna lágrima, burdas imitaciones de las que se agolpan en el cielo, y hermosas flores, que pronto quedarían marchitas, rodearían el sepulcro, dispuestas para acompañarlo en la desventurada suerte.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

07-10-2017.

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7 comentarios en “LÁGRIMAS EN EL CIELO

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