ESPAÑA TRÁGICA, POR PÉREZ GALDÓS

Finalmente no pude resistir la tentación de continuar la lectura de los Episodios nacionales, que había iniciado hacía como un año con España sin rey, a pesar que ello me obligaba a coger una novela correspondiente a la quinta serie.
Después de repasar la librería con la calma tensa que me permitían mis nervios, sin encontrar nada que me ofreciera plenas garantías de atraparme, ojeé esta magna obra y encontré el presente libro, que inmediatamente me sedujo, por la época que retrata. Según observé, era el inmediatamente posterior al que ya había leído, con la lástima del gran lapso transcurrido desde aquello; mas el interés, como era obvio, persistía.
Tras la Gloriosa, Isabel II tuvo que marchar al exilio, y en España se produjo una situación de excepcionalidad, por hallarse el trono vacío. Entonces el republicanismo tenía poca fuerza; había muchos prejuicios al respecto. Por ello era obvio que iba a continuar la monarquía; pero había que saber quién ocuparía el trono. Ello dio pie a una serie de alianzas y enfrentamientos entre las distintas facciones, según intereses. Esta faceta de la historia la ignoraba en cierta medida. Desconocía la candidatura de Enrique de Borbón, primo de Isabel II, que básicamente debía evitar el reinado del conde de Montpensier, un orleanista, hijo de Luis Felipe, que gobernó en Francia entre 1830 y 1848, antes del golpe de Estado de Napoleón III. El Brobón, en su celo por desprestigiar al orleanista, publicó unas notas ofensivas en la prensa, que le valieron un reto. El lance debía servir sólo para salvar el honor de Montpensier, sin derramamiento de sangre; pero el conde de Orleans se excedió, y mató a su rival. Este hecho, si bien no le supuso una condena excesiva, ya le privó del acceso al trono. Y de algún modo fue una suerte para Luis Napoleón, porque la rama orleanista conspiraba contra él.
Entonces continuó el problema de elegir al monarca. Prim, el hombre más astuto de aquella época, creyó hallar un candidato idóneo en Leopoldo de Hohenzollern, un alemán que podría estrechar las relaciones con Prusia, y que por ello fue vetado por Napoleón, algo que aprovechó Bismarck para declarar la guerra a Francia, a la que humilló, declarando el imperio alemán en París, con la anexión de Lorena y Alsacia.
Descartado el candidato alemán, Prim encontró otro en Amadeo de Saboya, hijo de Víctor Manuel, el héroe de la otra nación unificada, Italia. El problema, como de costumbre, era que los españoles eran reacios a aceptar un rey extranjero -cuando todas las coronas europeas estaban emparentadas-, y las ideas revolucionarias llegaban del Continente. Los federalistas, como Pi i Margall, querían un régimen republicano y democrático; otros, como Paúl y Angulo, estaban dispuestos a la vía violenta por conseguir su objetivo. Y fue por instigación de éste (se dice) que Prim fue asesinado justo el día antes de que llegara a Madrid el duque de Aosta. ¿Cómo habría sido su reinado si su valido no hubiera sido tiroteado? Quizá habría sorteado mejor las dificultades que le llevaron a abdicar al cabo de dos años, y a día de hoy, la situación de España sería radicalmente distinta.

El desdichado Borbón tenía la cabeza hundida en la tierra, tal vez por la blandura del suelo. La mortal herida sangraba en la sien derecha. En la mejilla y en el cuello de la camisa brillaba el color de la sangre, que ya invadía el hombro y el brazo del mismo lado. El brazo izquierdo, doblado con violencia, desaparecía bajo de la espalda; el derecho se extendía rígido, como brazo de cruz; las piernas se abrían; el pie izquierdo aparecía contraído violentamente, con la bota a medio descalzar. En la voltereta que dio el cuerpo al ser taladrada la masa encefálica por el proyectil, sufrió, sin duda, el pie izquierdo una dislocación formidable… El rostro no se había desfigurado aún, y su expresión mortuoria satisfacía los diferentes gustos de los curiosos. Algunos veían el rencor en el entrecejo fruncido del muerto o moribundo; otros descubrían en sus labios un intento de sonrisa irónica.

Esto vio Halconero, transido de compasión, y cuanto más le consternaba la tragedia, con más ahínco se clavaban en ella sus ojos. Ningún detalle perdía, ningún objeto accesorio se sustrajo a su tenaz observación. La pistola del Infante estaba no lejos de los pies. El sombrero y los guantes, a la derecha… Llegó el subdelegado de Orden Público, señor Maestre, y su primera disposición, después de reconocer a la víctima y de darla por muerta, fue requerir a los militares para que facilitaran una camilla en que trasladar el cadáver a un local cercano donde se instalara con algún decoro, y pudiera ser examinado por los médicos forenses.

06-10-2017/10-10-2017.

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