12-O, UNA GRAN VERGÜENZA

Un año más se cumple un aniversario vergonzoso, que para colmo es celebrado como un gran acontecimiento.

El mal llamado descubrimiento de América fue el inicio de un holocausto, el holocausto indígena, que supuso la esclavización y la muerte de millones de personas por el simple hecho de ser diferentes, hablar otro idioma, tener otras costumbres o adorar a otros dioses. Después de meses vagando a la deriva, las naves de Colón arribaron a tierra y fueron auxiliadas por sus gentes; unas gentes que con su bondad cometieron el craso error de salvar a seres sin escrúpulos, que derramaron la sangre de sus protectores en nombre de unos reyes de los cuales los aborígenes no tenían noticia y de un dios que, a pesar de su bondad infinita, no vacilaba en enviar a la hoguera y a otros muchos tormentos a quienes no sabían de su existencia.

Cruelmente asesinados aquéllos que pedían perdón a un árbol por talarlo para su propio abrigo; muertos otros por estar sus cuerpos indefensos frente a las enfermedades que les llevaron los europeos, aquel paraíso quedó tan diezmado, que los conquistadores precisaron de nuevas manos que trabajaran el terreno, que la bula papal había repartido entre los dos países iberos, antes de que otras naciones, ávidas de gloria y de riquezas, arriaran velas hacia Poniente. Era la fiera guadaña, que ponía su mirada en el Edén; era la mirada de la muerte.

Para salvar el problema que suponía la falta de brazos, ambas potencias demostraron que también se hallaban desprovistas de escrúpulos, y se inició así un comercio triangular entre Europa, África y Asia. El Viejo Continente nutría de esclavos negros las naves europeas; viajaban hacinados en deplorables condiciones, y muchos de ellos morían en el trayecto que debía llevarlos al Nuevo Mundo, donde debían extraer de la tierra los valiosos minerales que irían a los imperios y servirían  -entre otras cosas- a Carlos V para financiar sus guerras contra los príncipes alemanes. Quienes sobrevivían al viaje llegaban en muy malas condiciones, pero no importaba. Ellos no eran cristianos; no eran hijos del mismo dios. Eran animales. O eso afirmaban los reyes y la iglesia católica.

Y hoy se pide celebrar el expolio de aquellas tierras, que para siempre perdieron su feliz virginidad. Se destruyeron templos y se acabó con su lengua para imponer la de los conquistadores. Si hoy día Alemania se avergüenza del nazismo y prohíbe incluso que se glorifique aquella época, ¿cómo es posible que en España se celebre la atrocidad del 12 de octubre con completa normalidad y que las demás naciones lo vean como algo normal? Quizá la respuesta sea que el mundo continúa enfermo de odio y de racismo, y aún no hayamos superado ese grave problema. Hoy día, las poblaciones amerindias continúan discriminadas. Por eso seguimos celebrando una gran vergüenza.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

11-10-2017.

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