REFLEXIÓN ONÍRICA

Por un momento parecía que reviviría la ilusión. ¿Cuánto duró el instante de dicha? No podía asegurarlo. Tan sólo sabía que había sido efímero, tan breve como un suspiro; el tiempo preciso para, en medio de aquel sueño débil, tan fronterizo con la vigilia, pronto a romperse, pero suficiente para permitirle el ansiado reposo. Incluso ahí -o quizá por hallarse su pensamiento en la frágil línea que separaba la cruel y mortificadora conciencia de la plácida morada de Morfeo- la realidad había tenido bastante fuerza para aplastar aquella tenue esperanza que durante unos segundos le había devuelto la dicha. Entonces, como otras veces, había llegado a imaginar que podía volver a empezar; que sus temores eran infundados, y que tendría una nueva oportunidad. Pero apenas se encendía la luz de la buenaventuranza, quedaba implacablemente extinta al recordar con aguda pena su edad; cómo ya no era aquel adolescente que tenía aún toda la vida por delante, tantas posibilidades. El paso de los años había ido mermando sus fuerzas; había arrancado de su cabeza muchos de los cabellos que antes la poblaban, y otros tantos aguardaban el mismo triste destino, hasta que apenas quedaran los de las sienes, que con presteza encanecerían. Serían las nieves de su propio invierno, anunciadoras del temido declive que, sin embargo, cuando analizaba fríamente su existencia, no podía determinar con precisión si ya había empezado mucho antes de lo que debiera; si, acaso, su vida nunca había tenido un sentido, y debía haberse apagado antes de haber surgido.

Esto cavilaba cuando veía los males de su cuerpo, los días tan accidentados y solitarios por los que transcurría su vida, refugiándose entre sus libros, volcando sobre el papel su agonía, al abrigo de una luz pobre, a poder ser bajo el refugio de la noche o de un día lluvioso, que acompañara la tempestad de su alma con el crepitar de las gotas contra el cristal; con los gritos de las gentes rezagadas que buscaran resguardarse del agua; con un viento gélido que penetrara las paredes de la casa y le hiciera estremecerse como cuando era niño, cuando había empezado a aprender que la soledad y la nostalgia serían sus más fieles compañeras, y no le quedaría más remedio que soñar con imposibles; con esa vida tan anhelada y tan lejana; con un café humeante que caldeara sus entrañas, amargo, sazonado con alguna lágrima fugitiva, hija de la impotencia para trocar aquel desdichado destino al que no podía escapar.
Autor: Javier García Sánchez,
desde las tinieblas de mi soledad,
19-10-2017.
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