IMÁGENES DE NOSTALGIA

Trataba de analizarse a sí mismo lo más fríamente que podía; intentaba ser tan imparcial con sus propios actos como las circunstancias se lo permitieran, aunque tal acto de justicia le obligara a aplicar un rigor que en ocasiones pudiera llegar a dolerle, por la crudeza de los hechos consumados.

Era así que ahora, cuando veía a aquella mujer que había despertado en él sentimientos de admiración y de envidia, procuraba serenarse y tomar cierta distancia, para poner en orden sus ideas. Los años le habían aportado una experiencia; sabía que esa sensación no era nueva, sino que había estado siempre en él -o, al menos, desde hacía bastante tiempo-; que el origen de tal sensación se hallaba en un profundo vacío interior que no había conseguido llenar y que, por más que le pesara, nunca podría aplacar. Ésa era la causa de que se entusiasmara tanto con personalidades que encarnaban aquello que él hubiera querido ser; gente que había conseguido aquello en que él había fracasado. El orgullo que sentía al ver a tales personas era un pequeño placebo que de alguna manera amortiguaba el dolor de su alma. Pero era un placebo con el amargo sabor de la nostalgia; pues en cada uno de esos seres que triunfaban también veía imágenes de su pasado, reflejos que le recordaban los momentos perdidos; aquél que ya no sería. Era algo extraño. A veces llegaba a pensar que ojalá pudiera suplantar el alma por la de alguna de esas personas para recuperar las ilusiones huidas. Se alimentaba de sus esperanzas, de sus proyectos, de sus sonrisas, para recuperar un mínimo de vida. Su supervivencia se había convertido en una especie de vampirismo inofensivo, que le había llevado a disfrutar de aquella alegría sin dañar a quienes se la otorgaban y, al mismo tiempo, con la resignada pena de pensar que en algún momento deberían marchar; y que con su partida volvería a ahondarse su abismo, más oscuro y más gélido.

Era por ello que la imagen que tenía ahora ante sí, la situación que estaba viviendo, no le había tomado de improviso. Y era por ello que su alegría era moderada, contenida, para evitar una fuerte angustia. Seguiría indagando en las existencias ajenas mientras pudiera, más como un simple espectador que como alguien que aspirara a ser cómplice de ellas. Asistiría a aquel teatro como el enfermo que toma paliativos para aliviar sus males; como el desconsolado paciente que consume sus días sin aguardar la llegada de medicinas, por saber que su alma no tiene cura.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

24-10-2017.

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