UN DOLOR INTENSO

Aquella mañana el sol brillaba con una intensidad inesperada. Cuando subí la persiana de mi habitación, todavía un tanto somnolienta, pero descansada tras una larga noche, me sentí deslumbrada por el fuego abrasador del gran astro, que con su caluroso abrazo envolvía toda la vivienda. Con su ardor me transmitía optimismo, energía, ansias por empezar la jornada. Era como si toda aquella luz me atrajera con su descomunal fuerza; como si las calles y la naturaleza entera me llamaran con grandes gritos de júbilo. La verdad es que sentí ganas de salir con mi camisón de seda y bailar por las aceras; comunicar a cuantos me vieran mi alegría, sin importarme que me tomaran por loca. Pero supuse que mis padres no me dejarían. Ya era tarde. Debían de estar en el comedor, quizá extrañados por mi pereza.

Para mi sorpresa, cuando salí del dormitorio no oí rumor de voces o ruido de pasos ni de ningún otro tipo; tampoco olí ese delicioso aroma a café que me acababa de despertar y me anunciaba el desayuno. Me pregunté si no había sido la única a quien se le habían pegado las sábanas aquella noche y si, incluso, había sido la más madrugadora, y se me dibujó una sonrisa de orgullo por mi ocurrencia.

Salí del cuarto de aseo y me fui a la cocina a prepararme mi codiciado café con tostadas. Sin embargo, hubo algo que me alarmó y me detuvo. Ya iba a entrar a la cocina cuando vi que una mano desconocida asomaba de detrás de la nevera; hacía con el índice un gesto para atraerme, a pesar de que no podía haberme visto. Espantada por aquello, traté de gritar, pero la voz no me obedecía. Corrí hacia la puerta de casa, mas alguien había echado la llave. Al instante me percaté de que el cielo se había oscurecido; aquel sol radiante había desaparecido, como una noche repentina; como si el gran astro hubiera muerto.

Me apresuré hacia la habitación de mis padres para advertirles de aquel extraño fenómeno, así como de lo que había visto tras la nevera. Entré en el dormitorio y encendí la luz, mas, para mi sorpresa, no había nadie; la cama, deshecha, estaba vacía. Entonces se cerró la puerta a mi espalda. El golpe seco me hizo girar con un movimiento brusco. En aquel momento vi a un hombre alto que me miraba con furia, mientras con la diestra manejaba un hierro. Aterrada, palidecí y pedí perdón, aún sin saber qué podía haberle hecho a aquel sujeto, mientras gruesas lágrimas corrían por mis mejillas. Él, no obstante, colérico, sin mediar palabra, blandió aquel hierro y me atravesó de lado a lado de la cintura.

Desperté empapada en sudor. El corazón me latía con violencia. No podía escapar de aquellas horribles pesadillas, la causa de las cuales ignoraba. Lo peor aquella vez, sin embargo, fue el intenso dolor que sentía en la cintura, que me duraría varias semanas.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

26-10-2017.

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2 comentarios en “UN DOLOR INTENSO

  1. Jolin!! Quin patiment m’has fet tenir fins al final!! Menys mal que era un malson!! jeje Molt chulo, no estic acostumada a llegir aquest registre de la teva autoria, però he de dir que el terror no se’t dóna malament.
    Una curiositat, perquè la protagonista femenina? crec que és el primer cop que parles en boca d’una noia i no, un noi; o m’equivoco?
    Una abraçada i bon cap de setmana, Javi!!

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    1. jajaja. Moltíssimes gràcies, Lídia. La història d’aquest relat és molt curiosa: no és fruit de la meva imaginació, sinó d’un malson que tingué una amiga. Quan me’l contà em quedí flipat; li diguí que el venguera per a fer una peli de Tim Burton i que, si no ho feia, em deixés, al menys, escriure-hi sobre.
      Confesse que, tot i ser el meu relat, ho passí molt malament al final, tot i ser un malson -que estava dintre de la imaginació de la xicona de la història; una tercera realitat dins del món platònic-; pensava que la pobra noia no havia fet res per a patir tant. Però la seva angoixa també fou meva.
      Una altra forta abraçada per a tu, Lidia!

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