PASOS EN LA NOCHE

Pasaba de la media noche cuando se acostaron. A menudo pasaban solos la última hora de la vigilia, después de que las niñas se acostaran, para recuperar por unos pocos instantes los momentos de intimidad de su juventud; para recogerse en sus conversaciones, plagadas de recuerdos y de proyectos, así como de los temas más variados. Entonces apagaban el televisor, para que no ahogara sus voces, y disertaban sobre todas aquellas cuestiones, sentados a ambos extremos del sofá de terciopelo verde que amueblaba el comedor, donde una lámpara de pie esparcía una luz amarillenta y cálida, que al caer sobre los objetos los teñía de un color ocre, mientras los rostros de las personas parecían iluminados por la llama de una hoguera cercana que ardía trémula, al compás de los balanceos de aquella lámpara insegura.

En aquella ocasión dejaron la sala agotados por el cansancio de la jornada y se durmieron al poco tiempo de llegar al dormitorio, sin abrir siquiera uno de los libros que reposaban sobre las mesitas de noche, extraídos de la magna biblioteca que adornaba la habitación, y que a menudo les servían para coger el sueño y acompañarles por esas tierras oníricas con sus fantásticas letras, rompiendo la barrera de lo imposible y viviendo nuevas y emocionantes experiencias.

Pero aquella noche el sueño fue breve. En medio de la madrugada, ella se despertó sobresaltada, alertada por su fino oído de un ruido que venía del otro extremo de la casa. Le dio unos suaves empujones a su marido para sacarlo de su letargo, al tiempo que le alentaba con voz ansiosa. Él, al principio un poco desconcertado, se caló los lentes y salió con su esposa. Anduvieron por el pasillo sigilosos, alumbrados tan sólo con una linterna, para no delatar su presencia y sorprender al intruso. Una de las hijas se percató de sus pasos y se unió a ellos, para acompañarles en tan misterioso camino. Avanzaban inquietos, sin tener idea clara de qué iban a encontrar, ni cómo actuarían si se hallaban frente a alguien agresivo, quizá armado.

Aquel ruido los llevó hasta la cocina, donde se oía un continuo abrir y cerrar de cajones. Todos se quedaron boquiabiertos cuando el foco de la linterna alumbró a la otra hija, afanada en revolver los armarios en medio de aquella oscuridad. La madre, sin comprender lo que estaba ocurriendo, le preguntó:

-Nena, ¿qué haces?

La hija, aún más desconcertada, le respondió:

-¿Pero no me dijiste que encendiera las velas?

Su hermana estalló en una sonora y espontánea carcajada, que por su viveza se contagió a sus padres. La hija, despertada por aquel estrépito, los miró aturdida y confusa. Entonces su madre, con una dulce sonrisa pintada en los labios, la miró con ojos risueños y le acarició el cabello, mientras le decía comprensivamente:

-Cariño, estabas sonámbula. Menudo susto nos has dado. Vamos a la cama.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

30-10-2017.

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