UNA NUEVA ETAPA (VI)

El local estaba lleno; nadie había querido perderse aquella despedida, y habían sido más puntuales que nosotros. Creo que causó cierta sorpresa entre mis amigas verme acompañada de Luis; algunas se sonrieron con expresión de asombro. Nos sentamos con ellas junto a la barra y empezamos a beber para acabar de coger el punto que nos hiciera desatarnos en medio de la pista.

La sala estaba iluminada por luces fluorescentes de colores diversos que daban a aquel lugar un aspecto de fantasía; el tono de la piel adquiría características camaleónicas, mudando en cuestión de segundos, al compás que marcaban las luces que giraban. Las propias voces se alteraban y se confundían unas con otras, mezcladas con una música que se nos metía en la cabeza, pero a la cual tratábamos de ignorar durante nuestra charla, a pesar de que ello nos obligaba a gritar, hasta el punto de que me dolía la garganta. Mientras tanto, el alcohol empezaba a hacer su efecto; rompíamos en carcajadas de una jovialidad exagerada, como si hubiéramos enloquecido y no fuéramos dueños de nuestros actos. Cuanto veía me parecía triplicado. Iba a ser una gran noche, al menos para mí. El alcohol en sangre desinhibía mis instintos.

Hubo un instante en que me levanté y tomé a Luis de la mano para llevármelo a la pista. Entonces bailé con furia y con pasión; pero fue mucho más que eso. Fue la primera vez que nuestros cuerpos se tocaron; la primera vez en que pusimos nuestras cartas boca arriba. Sentir mi rodilla en su muslo, su torso en mi pecho, su mano en mi cintura, la mía en la suya… era algo que me electrizaba y me hacía vibrar. Ignoro si realmente llegó a suceder o si mis recuerdos están distorsionados, pero creo que entonces la pista se quedó vacía; todas las parejas se hicieron a un lado para mirarnos y contemplar aquel acto que rebosaba sensualidad. En nuestras miradas no había sólo felicidad; había algo más; había lujuria; había ese deseo del otro, de abrazarlo, de besarle, de de poseerlo. A nuestro alrededor todos vitoreaban, y con sus gritos celebraban nuestros movimientos.

Cuando, agotados, nos detuvimos, nos contemplamos durante algunos segundos con sonrisa de satisfacción; luego cerramos los ojos y acercamos nuestras bocas, que se unieron en un prolongado beso, el mejor que me han dado en la vida, mientras cada uno apretaba la espalda del otro para acercar su cuerpo y formar uno sólo. Cuando nos separamos sonó una salva de aplausos.

No sabía si aquello iba a durar o si sólo sería fruto de una noche; pero aquello que acababa de vivir, ese baile, ese beso, esa lengua acariciando la mía, me encendía, y no quería pensar en el mañana. Mientras nos retirábamos, Luis me dijo al oído:

-Vamos a mi casa; mis padres están de viaje.

Aquello prometía.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

11-11-2017.

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