UNA NUEVA ETAPA (XI)

Si después de lo que he relatado queda alguien que no esté revolcándose de risa por el suelo y tomándome por loca; si después de lo que he dicho, queda alguien que, no tomándome por una embaucadora y una farsante, aún quiere proseguir el hilo de mi historia, es posible que deje de hacerlo y desista de su empeño tras las próximas líneas, que a continuación refiero:

Al emular mis pupilas la trayectoria de las de Luis, se posaron en lo alto del cielo -o lo que quiera que fuera-. De ahí parecía surgir una inmensa nube oscura, en el centro de la cual pude ver un hombre, que se mostraba sólo de cintura hacia arriba. Vestía una túnica alba sin mangas, lo cual permitía apreciar unos brazos cargados de fornidos bíceps. Por sus mejillas caía una luenga y canosa barba, que rivalizaba en blancura con la inmaculada túnica y que se confundía con la espesa cabellera, que le caía abundante y vigorosa. No podría juzgar la edad que podía tener aquel sujeto, pues, si aquella blancura y la piel áspera, poblada de hondas arrugas, le daban un tono grave que hacían pensar en en un anciano, su cuerpo no presentaba signo alguno de debilidad; es más, aquellos músculos eran más propios de un joven.

Nos devolvió la mirada atenta con que lo observábamos. Era una mirada escrutadora e inteligente, pero que desde el principio me causó cierto pavor; mi instinto me dijo que no podía esperar nada bueno de quien, hallándose en posición tan majestuosa, se encontraba tan lejos y desprendía unas vibraciones que se me antojaban negativas. Mi intuición me hacía sentirme más identificada con Luis y con los demás, fueran quienes fueran. Entonces no me planteé qué hacía yo ahí, por qué había ido a parar a aquel lugar, o si el comportamiento de mi amigo había sido demasiado egoísta. Todo eso pasaba a segundo plano, arrinconado por aquella figura que se alzaba insolente ante nosotros como un intruso que llega para perturbar la paz de los pacíficos habitantes de una morada.

De repente se despertaron las suspicacias entre mis circundantes cuando el misterioso sujeto alzó la diestra en un gesto que provocó cierta alarma. Entre los dedos pulgar e índice blandía algo que brillaba con un fulgor tan violento, que no pude mirarlo apenas, por el daño que me causaba en las retinas. Al instante pensé que se trataba de un rayo. Mi suposición era absurda; pero me habían ocurrido ya tantas cosas que a primera vista carecían de sentido, que me veía curada de espanto, hasta tal punto que consideraba como lo más acertado pensar en las mayores fantasías posibles, creyendo que ahí la cordura era enemiga de la realidad, pues se habían intercambiado los papeles.

El sujeto agitaba el objeto en actitud belicosa. Los demás clavaron los pies en el suelo con miradas fieras, prontas a la más enérgica defensa.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

17-11-2017.

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