UNA NUEVA ETAPA (XIII)

Algo más calmada por las bondadosas palabras de aquella desconocida, me recosté sobre la espalda de Luis y le abracé con ternura mientras me sumergía en un breve sueño, de nuevo pegadas nuestras cabezas. No era así cómo habría querido pasar la primera noche con él; pero las horas que entonces debían de ser y la sucesión de emociones tan fuertes me habían dejado extenuada. Por otra parte, tenía que admitir que la experiencia que estaba viviendo era lo más original que me había pasado nunca.

No sé cuánto tiempo pasé inconsciente en medio de ese sueño tan reparador como necesario; tal vez fue tan sólo media hora; tal vez más. Sólo sé que me despertó una suave y dulce caricia de Luis; me miraba con los ojos entrecerrados, con expresión somnolienta, al tiempo que me pasaba la zurda por la frente para apartar algunos mechones y ordenarme el cabello. Sonreía satisfecho de haberme encontrado en esa posición; alegre de saber que había estado cuidándolo. Y, para qué lo voy a negar, me congratulé mucho de verlo sano, y su sonrisa se me contagió al instante.

Cuando nos incorporamos pude apreciar mejor la quemadura en la manga izquierda de aquella camisa que había perdido la blancura original; estaba rasgada entre el codo y el hombro, con una marca negra en los bordes, mientras el resto estaba lleno de manchas oscuras, que podían ser consecuencia de la caída. Felizmente, a parte de eso, mi amigo parecía encontrarse bien; ni tan sólo presentaba herida alguna en el brazo, a pesar de que había sido golpeado salvajemente ahí.

Para consumar aquel momento de dicha, de reconciliación y de satisfacción por volver a vernos después de unos momentos tan angustiosos, después de contemplarnos detenidamente, de nuevo cerramos los ojos y unimos apasionadamente nuestros labios en otro beso mágico. Y ciertamente fue mágico; no sólo por el placer que sentí y por el agradable cosquilleo que me recorrió todo el cuerpo; sino porque cuando separamos nuestros rostros y abrí los ojos, me encontraba de nuevo en el vestíbulo de la casa de Luis. Era obvio que todo lo anterior lo había vivido; no había sido obra de una imaginación prodigiosa ni de una locura sin parangón; y el beso, aunque espectacular, no había durado tanto; y la camisa de mi amigo, por si fuera poco, estaba llena de desperfectos.

No acertaba a saber qué había ocurrido para que reapareciéramos en su casa; mas supuse que, del mismo modo que antes nos habíamos hundido, mientras nuestros labios habían permanecido pegados habíamos recorrido el trayecto inverso; con lo cual había conseguido el doble efecto de ahorrarme el posible trauma de la salida, por tener que afrontar algo tan extraño a mis sentidos; y de darme la sorpresa de regresar al mundo por mí conocido. En cualquier caso, a esas alturas mi escepticismo estaba ya por los suelos; me sentía humillada y confundida con todo aquello. Pero, al mismo tiempo, muy atraída por Luis.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

19-11-2017.

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