UNA NUEVA ETAPA (XVII)

Al principio me negué a participar en la empresa que se me ofrecía. Por más que detestara el comportamiento de mi hermano, lo podía olvidar que compartíamos los mismos orígenes, y que por mucho tiempo había sido mi único compañero. Rebelarme contra él era como rebelarme contra mí mismo.

Se sucedían los días, los meses, los siglos, y en mi interior se trababa ardua lucha entre aquellos dos sentimientos opuestos: el amor y el respeto fraternal, que contenían cualquier idea de insurrección; y la cólera por la locura de Yisus y la piedad por las víctimas de sus cruentos sacrificios. Este segundo sentimiento estaba llamado a triunfar e imponerse sobre el primero, dada la incesante hostilidad de mi hermano y la actitud de mis afines, que continuamente me impelían a dar el fatídico paso.

La extinción de los dinosaurios fue mi punto de inflexión; la gota que colmó el vaso y me decidió a arriesgarme. Aquel mundo, un mundo tan repleto de luchas y de sufrimiento como los anteriores, me había cautivado de una manera especial por la fiereza irracional de sus criaturas, las cuales, si bien muy inferiores a la majestuosidad divina, no dejaban de ser encantadoras. Contemplarlas era para mí tan placentero y enternecedor como pueda serlo para ti jugar con un animal doméstico o con un recién nacido.

Pero también de ellos se hartó mi hermano. Por más que le pedí que no lo hiciera, no pude detener su saña destructiva. Entonces me dije que haría cuanto estuviera en mi mano para impedir otra catástrofe.

El golpe debía ser rápido. Muchos me habían jurado su apoyo, pero éramos menos de la mitad; el resto, o eran fieles a Yisus por costumbre, o por simple servilismo cobarde. Dada nuestra inferioridad, lo fiábamos todo al elemento sorpresa; debíamos coordinarnos muy bien para asaltar los aposentos de mi hermano de madrugada, en pleno sueño, y encerrarlo en una mazmorra. Todo se haría de la forma más sigilosa posible, de modo que a la mañana siguiente, encontrándome asentado en el poder, los oficiales que me eran díscolos me respetaran.

Pero las cosas no salieron como queríamos, como puedes comprobar. Mi hermano, aunque sádico, no es idiota. Desde hacía tiempo sospechaba que se urdía una trama en su contra; advirtió a sus acólitos e introdujo espías en nuestras filas; seres que incluso alentaban el golpe, no sólo para quedar libres de toda sospecha, sino para desentrañar el cómo y el cuándo íbamos a actuar.

Por ello se nos hizo tan fácil llegar a la cámara de mi hermano, creyendo ingenuamente que todos dormían. Mis partidarios y yo fuimos, lo confieso, tremendamente inocentes. Unos incautos. Creímos que todo aquello sería mucho más sencillo, y subestimamos los ardides y la inteligencia de mi hermano. Su fiereza, que yo había identificado como señal de tosquedad, se nos revelaría, por el contrario, como un signo que encerraba un gran genio militar. Era una mente maligna, acaso enferma, pero cuya visión y cuyo cálculo nos superarían.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

25-11-2017.

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