UNA NUEVA ETAPA (XVIII)

Ya entrada la madrugada llegamos, como te decía. Sin embargo, tan pronto como abrí la puerta de los aposentos de mi hermano, lo que vi me dejó paralizado: ahí estaba él en pie, vigilante, rodeado por un ejército de más un millón de fieles. Habría sido inútil entablar batalla; habríamos salido derrotados estrepitosamente. Pero es que, además, como te comenté, mi hermano había infiltrado espías entre nosotros, por lo que la diferencia entre ambos bandos era aún mayor. Unos doscientos mil de aquellos hombres giraron sus armas contra los nuestros. Al final, sólo quinientos mil me apoyaban, poco más o menos; el resto, las otras tres cuartas partes, se mantuvieron fieles a Yisus.

Los sublevados fuimos constelados en una mazmorra en la constelación de Andrómeda, la misma que le teníamos reservada a él, irónicamente, supongo que por la seguridad que ofrecía. La diferencia fue que nosotros sólo pretendíamos encarcelarlo a él; y él nos encerró a los quinientos mil en aquella mazmorra.

En aquellos lejanos confines abandonados de toda vigilancia, por muy difícil que fuera escapar, un ejército podía evadirse perfectamente; y así lo hicimos. Cierto que nos costó mucho tiempo; mil años para perforar las paredes y hallar el regreso. Pero, una vez consumada la huida, era impensable reaparecer frente a mi hermano y desafiarle. Buscamos un punto lo más distante y seguro posible, y ahí nos instalamos. Pero, si mi hermano no se había preocupado de apostar guardas en la mazmorra, no por ello no la visitó. Llegó el día en que se presento ahí; y, en cuanto vio los destrozos en la gran muralla y se percató de nuestra fuga, persiguió nuestros pasos. Cuando dio con nosotros, no obstante, no nos hizo daño alguno, salvo a mí, a quien dio una brutal caricia, como la de antes; pero en aquella ocasión me la dio en la cara.

Entonces se dio cuenta de que yo le era más útil en libertad. Así podía distraerse y jugar conmigo del mismo modo que lo hacía con sus otros juguetes. Si no podía destruirme ni mantenerme preso, me emplearía como chivo expiatorio de sus excesos y volcaría sobre mí los odios de toda la humanidad. Lo único bueno de todo esto es que ello le forzó a crear una forma de vida inteligente, al margen de los arcángeles, y, para ponerlos en mi contra, aunque les provocara penalidades infinitas, al menos no extinguía la especie.

Es, en cierto modo, una victoria por mi parte. Irrisoria, pírrica, o ni eso siquiera, porque vivimos confinados, y sobre mí recaen las culpas de los desmanes de ése a quien ya me avergüenzo de llamar hermano; pero al menos por un momento se ha frenado un poco su fiebre destructiva.

Es una lástima que después de tanto tiempo unidos hayamos acabado convertidos en enemigos irreconciliables; pero, así como en mi corazón brota una ardiente llama de bondad, el suyo no son más que oscuras y lúgubres cenizas.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

26-11-2017.

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