UNA NUEVA ETAPA (XIX)

-Pero en el lugar donde hemos estado no había ni doscientas personas.

-En el lugar donde hemos estado no había ni cien personas -Corrigió, al tiempo que esbozaba una mueca burlesca.

-Y entonces…, ¿dónde está el resto? Mencionaste quinientos mil.

-Cariño, aquello no era más que una sala minúscula.

Me encantaba que me llamara cariño; era ya la tercera vez que lo hacía esa noche. La palabra, puesta en sus labios y dirigida a mí, adquiría una musicalidad y una ternura que me embelesaba y arrancaba hondos suspiros de mi alma, aunque me cuidaba de que no se me notara en el semblante.

-Mis compañeros tienen sus tierras, como Yisus y los suyos tienen las suyas. Por otra parte, ¿esperarías que a lo largo de casi tres millones de años no hubiera recuperado la confianza de nadie? Si hubiéramos mantenido la discreta cifra del medio millón, yo habría sido el peor político de la historia, y hasta podría haber habido otro motín entre mis fieles, con la diferencia de que en este caso el perjudicado habría sido yo. Las almas que viste antes eran unas pocas de las muchas que han escuchado mis palabras y se han apartado de las horrendas palabras de ese infame. Por supuesto que la conversión no es fácil. La gente tiene muchos prejuicios arraigados desde la infancia; y en muchos casos no me ha sido posible sacarlos de su error. Es así como se han poblado los dos reinos, siempre enfrentados.

Había conseguido saciar mi apetito. Ahora sentía que el sueño se había borrado por completo de mi cabeza; me sentía despejada y con energía, con ganas de que aquella conversación no concluyera.

-Pero no acabo de entenderlo. Perdona. Ya sé que me dijiste que me olvidara de la lógica -objeté con timidez-; pero necesito algo a lo que asirme. Entiendo que el mundo está compuesto por materia y por energía, y que ambas son finitas. Si eso es así, debe haber un límite también en tu mundo; no puede estar poblándose infinitamente.

-Un apunte muy bueno el tuyo. Para que hubiera terreno para más almas, y para que hubiera infinito número de almas, sería preciso que la materia fuera infinita.

Esto no fue problema hasta la creación del ser humano, porque el soberbio de cuyo nombre no quiero acordarme hacía y deshacía a su antojo. Pero con el ser humano creamos la primera forma de vida inteligente; y, si bien sois fáciles de destruir cuando habitáis un cuerpo perecedero, cuando éste muere queda lo más resistente, vuestra armadura, vuestra alma. Si las primeras eran destructibles, las siguientes, ya con un elevado desarrollo neuronal, capaces de crear coaliciones para resistir al tirano, desafían su poder. Aún quienes están con él le plantan cara, prefiriendo su compañía a la mía, por el miedo que les inspiro.

Pero el problema no está resuelto. Cuando se acabe la materia, el tirano tratará de urdir un plan con sus tropas. Su número es muy inferior, y para entonces lo será todavía más; pero tienen la gran ventaja de ser eternos; tienen todo el tiempo que necesiten para ir diezmando el reino. Y, cuando terminen, vendrán al nuestro.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

27-11-2017.

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