UNA NUEVA ETAPA (XXVIII)

A fe mía que, si el verano hubiera durado, mi cuerpo habría terminado en la morgue, y mis padres se habrían llevado un verdadero disgusto; mi vida habría terminado antes de lo esperado, y ese mundo sobrenatural que en mi familia sólo yo sabía que existía me habría abierto sus puertas. Mas, felizmente para ello, llegó septiembre; con septiembre, la Universidad; y ello habría de ofrecerme otra oportunidad para aplazar el fatídico viaje que tantos temían.

Tener que abandonar mi pueblo para trasladarme a la gran ciudad, alejarme del control de mis padres y vivir de forma independiente, era algo que me abría nuevos horizontes. Tendría que ingeniármelas para sobrevivir; y eso, teniendo en cuenta que era algo tan nuevo para mí, me envolvía en una nueva ficción, en un nuevo autoengaño donde, sin embargo, consciente del absurdo de todo, aceptaba el juego.

Al principio, mis allegados se sintieron confusos por mi cambio de opinión respecto a la carrera que iba a estudiar. Y es que derecho y criminología se asemejaba tanto a hispánicas como la mosca de la fruta a una bicicleta de montaña; pero ésa había sido mi resolución final. Por más que abominara de la supuesta justicia, que desde que tenía uso de razón me parecía una completa farsa, un instrumento más de tantos para mantener el dominio de los poderosos, sentía que ahora tenía sólidas razones para inclinarme por esa titulación otrora tan denostada por mí. Se trataba de una viva curiosidad que me picaba con rabia; algo que se me había metido en la cabeza y que me reclamaba ansiosamente respuestas. Y es que anhelaba conocer ese mundo lleno de asesinos en serie; adentrarme en su psicología y saber qué les llevaba a obrar así; qué extraño placer experimentaban con el sufrimiento y la muerte ajenas. ¿Acaso era una idea de dominio, de superioridad? ¿Acaso había detrás de todo ello traumas infantiles, complejos de inferioridad? Debía de haber estudios más o menos rigurosos sobre aquello. Y así era cómo, a través de esos pobres diablos, desgraciados aprendices de brujo que en determinados momentos de la historia habían tenido en vilo a sus respectivas sociedades, pretendía acercarme un poco a la psicología de Yisus. Como tantas veces en la vida, iría hasta lo micro para tratar de extrapolarlo al nivel divino, y así tratar de obtener algún dato, por ínfimo y lejano que fuera, para aproximarme a aquel gran trastorno que sufría aquel demente.

Tardé varios meses en adaptarme, obviamente; me encontraba demacrada por mis excesos, y precisé tiempo para recuperar el color de cara y un peso normal; y que, con ello, mis compañeros se atrevieran a tratarme sin la suspicacia de que tuviera alguna enfermedad terminal. Fue esto algo especialmente notorio entre el género masculino, que empezó a mirarme cada vez con mayor descaro; y ello, no voy a negarlo, hizo revivir en mí el orgullo de otros tiempos no tan lejanos, cuando disfrutaba sin prejuicios de la vida y de mi cuerpo. Ahora que salía y respiraba; ahorra que volvía a ver ese mundo que en mi ingenuidad tanto me había aportado, quería reinsertarme en él, como uno de esos criminales que tras penar décadas enteras lucha por reinsertarse en la misma sociedad que lo creó y lo expulsó de ella.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

08-12-2017.

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