UNA NUEVA ETAPA (XXIX)

Mi facultad era un vasto edificio con escalinata de piedra, donde a todas horas podían verse estudiantes descansando y conversando animadamente; tenía en las esquinas los rostros de dos próceres romanos a quienes no alcancé a identificar, acechando a todos los que ante ellos se cruzaban con su mirada grave e inquisitiva. La facultad, que, bien fuera por falta de presupuesto, bien fuera por fiel respeto a tiempos pretéritos, presentaba como entrada una puerta majestuosa, pero muy pesada, pues era toda ella de hierro, adornada con motivos florales y con volutas, que también presentaban unas columnas jónicas situadas a los lados. Sobre la puerta descansaban unas paredes que en sus primeros tiempos debían de haber tenido el mismo color de las togas senatoriales, pero que ahora estaban manchadas de varias tonalidades, castigadas por el tiempo, que todo lo corroe y todo lo devora.

La planta baja estaba destinada a la secretaría, la cafetería y los despachos, básicamente. El suelo era de mármol, y el techo estaba a gran altura; de él pendían diversos tubos de luz que permanecían encendidos todo el día. Sólo la gran cantidad de gente que ahí había impedía que resonara el eco en cavidad tan amplia.

El edificio constaba de siete pisos, en el primero de los cuales se encontraban el salón de actos y una sala de estudio con algunos manuales de consulta. Las otras seis se dividían entre aulas y más despachos, distribuidos por pasillos que adquirían a veces una forma un tanto laberíntica.

Mi convalecencia me obligó, como ya he comentado, a pasar los primeros meses en una situación de gran aislamiento; me sentaba en las últimas filas, para poder ocultarme a las miradas de todos y pasar desapercibida; no iba al bar, sino que comía en un hermoso jardín que había en la acera de enfrente. Me sentaba en uno de los numerosos bancos y comía en silencio, contemplando la naturaleza que me rodeaba, siempre que el frío no me forzara a ceder y regresar a la facultad. Si a tal supuesto me veía inclinada, buscaba una mesa vacía en la cafetería, en una esquina, a ser posible; o me iba a la sala de lectura, para ojear mis apuntes y empezar a subrayar mis libros.

Ahora que lo pienso, después de tantos años, lo que entonces hice fue casi una proeza para mí, que nunca había aguantado dos horas estudiando, y en aquel curso me habría de pasar casi todas las tardes en la Universidad para recuperar la entereza. También es cierto que a ello contribuía el horario partido, que me obligaba a empezar a las 8 de la mañana y a acabar a las 6 de la tarde; pero también es cierto que las horas libres no las empleaba en irme a ningún sitio. El gran interés que me despertaba aquello que estaba estudiando, las ganas de remontar y no perder el año y mi estado de salud, que me hizo más retraída durante un tiempo, me ayudaron a ello. Enfrascada en mi vida académica, mis padres no me habrían reconocido; y era justo entonces, cuando los tenía a distancia y era libre, cuando me embriagaba de aquellas lecturas y renunciaba a la vida social.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

09-12-2017.

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4 comentarios en “UNA NUEVA ETAPA (XXIX)

    1. Moltes gràcies, Lídia. Espero poder acabar aquesta història. Tin una sèrie d’idees, però no vull ser empalagós. Prefereixo rematar-la abans de ser pessat. M’agrada anar espai, però em fa por ficar la pota.
      Una altra forta abraçada per a tu!

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