UNA NUEVA ETAPA (XXXII)

Regresaba a casa a las nueve de la noche, mezclada con los últimos estudiantes que poblaban las calles del campus. Ahí se reunía toda una variedad de inquietudes; tipos que en el futuro serían profesores universitarios, grandes matemáticos, médicos sin recursos que para desempeñar su labor tendrían que emprender un exilio encubierto por los gobernantes como actitud emprendedora; científicos minusvalorados y despreciados que para triunfar correrían la misma suerte que sus colegas matasanos; demagogos sin escrúpulos que conformarían la próxima generación política; abogados igualmente corrompibles, encargados de mantener en el poder a éstos y ponerlos en libertad lo más pronto posible si la perdían… A este último grupo, en cierto modo, pertenecía yo, con la salvedad que mis principios me inclinaban en contra de la tradición secular de vender mi conciencia, aún a riesgo de que tan temeraria decisión me hiciera sufrir un accidente.

Tras abandonar el campus salía a la superficie de la gran ciudad, que rebosaba de vida, especialmente al caer el fin de semana, cuando la gente disfrutaba de más tiempo libre. Durante mi primer año no participé de aquel bullicio más que por accidente, cuando pasaba para volver a casa o si salía a dar un breve paseo los días festivos para despejarme; pero aquel ambiente festivo y jovial, aquella vida que se respiraba, era algo que infundía ánimos a cualquiera.

Aquel curso me hospedé en una casa de un típico barrio de estudiantes, donde muchas viviendas antiguas, algunas ruinosas, se alquilaban por habitaciones a un precio asequible. Distaba a un cuarto de hora a pie de la facultad, algo que me permitía hacer el trayecto con calma. Bien es cierto que el paisaje era un tanto fúnebre y triste, pero tenía también un cierto toque bohemio; por ahí había muchos restaurantes y cafés donde se organizaban monólogos, karaokes y clubes de lectura, algo que invitaba a charlas muy interesantes y acogedoras.

Por otra parte, desde mi habitación, en el cuarto piso de una finca antigua que por momentos parecía derrumbarse, podía escuchar el tranvía cuando se aproximaba; su ruido y el ligero temblor de la tierra me relajaban durante las últimas horas de la noche y las primeras de la mañana. Interiormente, me decía que eso no podía ser bueno para los cimientos de los edificios, y menos cuando se trataba de inmuebles antiguos, más castigados por el paso del tiempo. Pero, al margen de ello, me encontraba a gusto con aquel ruido y aquel temblor. Metida en mi cama, bien arropada para defenderme del frío que empezaba a apretar, me sentía acunada por una especie de violento ronroneo; era como cuando era bebé y me balanceaban mientras me cantaban para que cogiera el sueño. Quizá había algo de aquello; quizá era una especie de retorno a aquella infancia idolatrada e idealizada, aún libre de preocupaciones y de heridas, que entonces, lejos de mi casa materna, renacía con el sosiego de sentirme libre, aunque fuera en una casa vieja y tuviera un cinco por ciento de posibilidades de perecer en un derrumbe como consecuencia de aquellos temblores.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

12-12-2017.

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