UNA NUEVA ETAPA (XXXIII)

El piso era pequeño, pero acogedor. De no haber sido por la condenada aluminosis, que devoraba implacable las paredes; por la desidia del compañero francés, un vago y un guarro que se dejaba en el fregadero de la cocina los platos y los cubiertos sucios, llenos de grasa y aún con restos de comida, como si esperara que desaparecieran por arte de magia; por el pestilente olor que entraba por las cañerías del cuarto de baño y que convertía cada visita a dicho habitáculo en una expedición al muro de las lamentaciones; y a las cucarachas que frecuentemente nos encontrábamos en cada rincón y que nos hacían gritar de pavor a las chicas y a mí, mientras el gabacho, con una mueca de hastío, se acercaba y las aplastaba de un pisotón. Si no hubiera sido por esos pequeños detalles, digo, el piso hubiera sido un lugar confortable. Todas las habitaciones eran exteriores, algo que permitía que tuviera buena iluminación y que se contagiara la vida de la calle. A menudo me despertada el llamado que hacía un afilador que con frecuencia pasaba por el barrio. Era éste un oficio que me sorprendía; pues, a pesar del paso del tiempo, aún se resistía a extinguirse. Y verlo ahí, en medio de la gran ciudad, convertía ese barrio en una especie de isla que sobrevivía a la modernidad.

Ya he mencionado al compañero francés. Ocupaba la segunda habitación individual, situada en el corto pasillo que daba al comedor. Era un tipo de una extraordinaria delgadez, que hacía pensar que no gozaba de buena salud, precisamente; pero supongo que a ello contribuían sus hábitos. Tenía el pelo largo, con unas rastas que competían en longitud con mi melena y con las de las chicas; y lucía un bigote graciosamente recortado y una perilla que descendía en complicados nudos que asemejaban la barba postiza de los antiguos emperadores egipcios; pero que a mí, unidos esos rasgos a sus pobladas y oscuras cejas, me recordaba a alguna de las imágenes que se nos transmiten del gran Confucio.

Como yo, pasaba poco tiempo en el piso; y, cuando estaba, se encerraba en su dormitorio, incluso para las comidas. Ahí, recluido en su minúsculo cuarto, aderezaba sus colaciones con cannabis. Agradecí que no fuera en el resto del piso, pues, después de mi fallido conato de suicidio durante aquellos tres meses, no quería volver a oler tabaco; aunque, la verdad sea dicha, el olor de la marihuana me atraía; y yo, con mi habitación contigua a la suya, estaba forzada a respirar ese narcótico; pues, por poco que fuera, siempre se filtraba el humo, que vagaba libre e intruso por el aire.

Y lo más sorprendente de este sujeto era que estudiaba medicina. Que alguien torturase su propio cuerpo y en el futuro tuviera en sus manos la salud y la vida de miles de personas me parecía el colmo de la ironía. Era como que un asesino en serie se emocionara viendo Heidi. Claro que, analizándolo fríamente, si era consciente de los estragos que sobre su salud tenían sus actos, pero como médico se encargaba de ser riguroso, la aparente contradicción podía salvarse. Por otra parte, me pregunté si en ese desprecio de su propia vida podía haber algo de nihilismo, de resignación, de guiño cómplice a la muerte; y eso se me mostraba de repente como un acto de heroísmo, de desafío a los hados, para tener el gobierno del propio destino en una postrer muestra de orgullo.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

13-12-2017.

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