UNA NUEVA ETAPA (XXXIV)

Las chicas eran dos. Selena, rubia, de pelo rizado y mirada chispeante y risueña de niña traviesa y juguetona que atraía a cuantos la veían por el brillo de sus resplandecientes pupilas, era una chica jovial y simpática, siempre pronta para bromas y comentarios chistosos. Estudiaba AD, como muchas compañeras de mi promoción que habían escogido una carrera tan adscrita tradicionalmente a la mujer, y que por ello mismo se me había hecho aborrecible, puesto que era uno de los cimientos que sostenían los pilares del patriarcado.

La orea chica, Irene, con una larga melena color azabache que le caía lisa por la espalda y ojos acaramelados que observaban de modo penetrante, se presentaba en cierto modo como el negativo de Selena. Tenía sus miras puestas en psicología, una titulación que nada tenía que ver con la anterior, y que, de alguna manera, revelaba algo de la personalidad inquieta de la compañera, que por deformación profesional tendía a analizar todos nuestros comportamientos.

Ambas compartían la habitación de matrimonio, pues se conocían desde que cursaran la secundaria en un pueblo del interior. Ahí empezaron a intimar, y ahora eran pareja.

Cuando supe de su relación, confieso que me sentí un poco rara. Es decir: no era que tuviera nada en contra de ello; de hecho, tenía amigas lesbianas y amigos gays, aunque creo que en el fondo me sentía más a gusto con los chicos, quizá porque en el fondo nos comprendemos, tenemos los mismos intereses, y porque no somos competidores en el ardiente mundo del sexo; pues, a pesar de tener las mismas preferencias, en este caso la presa elije al cazador. Obviamente, en el caso de las mujeres tampoco había esta rivalidad; pero la diferencia estaba, por supuesto, en la falta de un objetivo común y, sobre todo, en el hecho de llegar a verme como objeto de deseo por parte de ellas, aunque no figuraran dentro de mi teatro de operaciones.

Tratando de ser objetiva y racional, me decía que mi actitud era exagerada y estúpida; que detrás de ella se escondía todavía algún pequeño prejuicio, una especie de temor irracional, que acaso subyacía aún en mi inconsciente. Mas, consciente de lo injusto que habría sido por mi parte desdeñar la amabilidad de aquellas compañeras, a las cuales me sentía mucho más unida que al ejemplar simiesco con el que compartíamos techo, pasaba con ellas algunos momentos, especialmente por las noches, cuando nos reuníamos las tres para la cena y para descansar cómodamente en la salita. Aquellos dos corazones, estigmatizados seguramente por haber escogido una opción que no era la que la sociedad recomendaba, ajenos a las estúpidas palabras de personas a quienes nada incumbía aquello, se amaban con pasión sincera.

Fue así cómo empecé a participar del gracioso humor de Selene y de francas carcajadas con ambas; fue así cómo Irene principió a indagar en lo más recóndito de mi alma para desentrañar lo que en ella se amagaba. Dos mujeres en principio tan distintas, tan opuestas, pero que se complementaban y se llenaban la una a la otra.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

14-12-2017.

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