UNA NUEVA ETAPA (XXXVIII)

-¡¿Por qué tienes que ponerte a hablar de mí como si yo no estuviera!?

Me encontraba exaltada, lo reconozco. El tono de mi voz era más elevado de lo necesario. A nuestro alrededor todos habían cesado en sus respectivas conversaciones y nos observaban con interés, olvidados de la comida.

-Nena, cálmate. Tampoco es para ponerse así. Ya sabes que lo pasamos muy mal.

-Lo sé, mamá. Yo lo pasé peor; y precisamente por eso no quiero hablar del tema ni oír nada relacionado.

-Laura, cariño -intervino tío Jaime, con intención de aplacar los nervios que me devoraban. Su voz conciliadora tenía cierto efecto hipnótico en mí; pero sus siguientes palabras se encargaron de estropearlo todo-, si tanto te molesta abordar el tema, es porque tienes algún trauma; y eso es mejor atajarlo de raíz. Para superarlo, mejor afrontarlo; y para eso, mejor que nos cuentes qué es lo que te trae tan disgustada, por qué estás tan pensativa y tan irritable. Tú antes no eras así.

-Está así desde el baile de despedida…

-¡Que estoy aquí -Atajé la intervención de mi madre, colérica porque me ignorara-!

-Sólo le estoy contando lo que pasó.

-¡Pues te esperas a que no esté delante! ¡Te he dicho que me molesta que hables de mí como si no estuviera; que me molesta que abordes ese asunto; y tú vuelves a hacerlo! ¡¿Por qué!? ¡Espérate a que acabemos de comer, o simplemente recojo mis cosas y me voy a mi cuarto para que puedas explicarle algo que, además, no sabéis más que a medias, porque yo no os he contado nada.

-Pero cariño -Volvió a intervenir tío Jaime-, creo que te iría bien contarnos aquello.

-¡No! Si necesito hablar de lo que me ocurrió, o contar algo, lo haré cuando me encuentre preparada. No quiero que nadie me agobie con el tema ni que trates de psicoanalizarme. Soy tu sobrina, no tu paciente. Ni te he pedido terapia, ni te he dado información para que me trates.

-¡Está bien, Laura! Siéntate y haz el favor de calmarte. Nos estás dando la comida -La voz de mi padre intervino para poner orden en aquella discusión. Luego, dirigiéndose a mi madre, volvió a suavizar el tono-. Cariño, por favor, cambiemos de tema.

Mi padre era así. Durante las comidas hablaba poco; básicamente se dedicaba a escuchar. Su discreción me parecía admirable; pero sobre todo me encantaba ese temple que tenía, esa habilidad para controlarse. En eso se diferenciaba de mamá y de mí, más impulsivas. Al ver esa oposición de caracteres comprendía que mi madre consiguiera hacerle perder los nervios, a pesar de la serenidad de papá, lo cual era un dudoso mérito de ella.

El caso era que, si mi padre tenía una gran capacidad de autocontrol, cuando estallaba, lo hacía con una fuerza que parecía querer reunir toda la furia contenida, como el magma acumulado en el interior de un volcán que de improviso se desata y arrasa con cuanto encuentra a su paso. Yo, además, era su hija, algo que me subordinaba de algún modo a su autoridad y al tiempo me hacía profesarle temor y respeto. Y el hecho de pedirle a mi madre que cambiara de tema, por último, demostraba actitud conciliadora.

Así las cosas, mientras se rompía el silencio y todo volvía a la normalidad, me senté y empecé a destripar el pollo con brutal saña. El pobre animal tenía suerte de estar muerto. De haber estado vivo, habría sufrido el desahogo de mis cortes. Aplicaba el cuchillo y los dientes con rabia, como si sintiera la necesidad de agredir a alguien.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

19-12-2017.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s