UNA NUEVA ETAPA (XL)

Mi hermana, consciente de cuánto me violentaba que me llevaran la contraria en ese aspecto, varió de tema, y la conversación derivó hacia cuestiones más livianas. El ambiente se distendió; yo me relajé, y pronto volvimos a reírnos como tantas veces.

Aquella tarde fue la primera que pasamos juntas desde hacía varios meses. Durante el resto de las vacaciones, especialmente desde que se marcharon los tíos y los primos, nos reuníamos todos los días en su cuarto o en el mío distraídas; al menos yo, que en mi ánimo no hallaba predisposición para salir de casa o para hablar con otra gente, y encontraba en mi hermana una tabla de salvación; alguien a quien admiraba de forma especial. En cuanto a ella, no ignoraba que aquellas fiestas se le estaban haciendo tan atípicas como a mí; y que, si no se inquietaba por lo que me ocurría, igualmente le reconcomía la duda; y el hecho de tener que estarse sin salir por mí tampoco tenía que hacérsele agradable. Eso la engrandecía ante mis ojos. Y, aunque al retomar las clases ambas regresaríamos a la capital, no sería lo mismo; viviríamos separadas; y el hecho de estar fuera de nuestro pueblo nos haría ver las cosas de manera distinta, sin esa naturaleza propia de la infancia. También era cierto que había sido yo quien había elegido buscar piso por mi cuenta, para aprender a ganar independencia y no sentirme controlada; pero también echaba de menos esos momentos de complicidad con Sara. Si ahora nos separábamos, tal vez fuera hasta el verano.

Por paradójico que pueda parecer, aquellas navidades se me hicieron más breves que las anteriores. La melancólica tristeza que sentía al morir la tarde, cuando el cielo se teñía de rojo como si su alma se desangrara en medio de insufribles dolores, me ayudaba a sentirme relajada. Me había acostumbrado de tal modo a aquel mundo de tinieblas, que me apenaba la idea de que paulatinamente desaparecieran, a la par que se alargaba el día. Al fin y al cabo, aquél que un día se me había declarado como mi ángel caído era conocido como el príncipe de dicho reino. Acaso ello me hiciera interiorizar más aquella sensación.

La nochevieja transcurrió con normalidad. Cenamos en familia, con la estúpida tradición de las campanadas, que llevarían a más de uno a atragantarse con las uvas, como me había ocurrido a mí misma de niña en varias ocasiones. Ahora sencillamente la ignoraba; me las tomaba cuando me apetecían, o las sustituía por otra pieza de fruta.

Poco después de medianoche mi hermana salió. Hasta última hora había estado forcejeando por convencerme para que le acompañara, como habíamos hecho otros años; pero aquella vez habría sido diferente. De haberle acompañado, sabría que habría estado todo el tiempo pendiente de mí, tratando de estirarme de la cara para dibujarme sonrisas; o, sin necesidad de eso, no tan libre como quisiera. Era mejor que mi hermana se fuera tranquila con su novio y con sus amigas. Además, yo tampoco me sentía con ganas de nada. Por primera vez desde hacía tres años iba a celebrar aquella noche durmiendo.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

23-12-2017.

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