UNA NUEVA ETAPA (XLII)

Está claro que el ser humano, salvo excepciones, actúa por costumbres. Es algo que ofrece seguridad; si alguien se aparta del camino trazado, puede caer en el abismo; o, simplemente, ser rechazado y tratado como un elemento díscolo, como alguien que no se aviene a esas normas tan respetadas por los demás.

Algo parecido ocurría entre los estudiantes. Durante aquellos primeros meses, cada vez que iba a la cafetería, la encontraba llena. No importaba la hora; siempre había gente que, entre clase y clase, se reunía para tomar algo y hablar a gritos, debido a la gran cantidad de voces que se mezclaban, las cuales hacían que un diálogo normal fuera imposible; había que hacer grandes esfuerzos por entender a la otra persona.

Pero, si la cafetería estaba abarrotada, la biblioteca, por contra, ofrecía un aspecto desolador. Aquello me hacía pensar en un santuario, en un lugar venerable, a donde los estudiantes rara vez acudían, como si temieran profanar algunos de los innumerables secretos que guardaban los miles de libros que reposaban adormecidos en las estanterías.

Pero en la época de exámenes hubo un giro radical en las preferencias: la cafetería, siquiera de manera temporal, quedó reducida a lugar de paso; la gente comía deprisa, y a veces con los apuntes delante. Si había grupos, se preguntaban acerca de los diversos puntos del temario que podían tener una importancia mayor y que acaso serían los afortunados. En tales ocasiones era fácil mantener una conversación sin padecer una afonía posterior.

Mas, si esto era así, era porque el centro neurálgico de la facultad se había trasladado a la biblioteca. Ya no había complejos ni venerabilidad a los supuestos santos que habitaban aquel recinto. Durante aquel mes se hacía difícil encontrar un hueco; a veces tenía que pasearme por las diversas salas de los tres pisos en diversos recorridos antes de que un sitio se quedara libre; de vez en cuando alguien se me acercaba cuando me veía salir, desanimada, y me avisaba de que se iba a ir; y entonces le reemplazaba. A veces nos estorbábamos, de lo apretados que estábamos; los papeles corrían el riesgo de confundirse, pues las mesas estaban atestadas de apuntes donde se mezclaban letras y colores para el subrayado, a veces con alguna huella de café que dibujaba una circunferencia sobre una página, como la marca la marca que un detective esculpe en el suelo donde se ha hallado el cuerpo del delito.

Pero aquella actitud de mis correligionarios era normal; yo misma había obrado así en el instituto. Pasarme el curso estudiando en vez de salir de casa y disfrutar era una condena; era preferible relajarse y dejarlo todo para los momentos críticos. Carpe diem, como decía mi profesor de latín. Si yo había renunciado por el momento a aquel modo de vida, era porque de algún modo no era yo; porque de repente me había obsesionado con aquella endiablada carrera, y prefería abstenerme de las salidas de la adolescencia. Pero era perfectamente lógico, y seguramente mucho más inteligente, lo que hacían mis compañeros, que lo dejaban todo para última hora. Y lo más estúpido era que, si bien yo me esforzaba más, durante aquel mes me sentía igualmente insegura y agobiada.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

27-12-2017.

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