UNA NUEVA ETAPA (XLVIII)

Regresé a casa pensativa, dando pasos cortos y haciendo un pequeño rodeo. Aquella noche no tenía prisa por ver a las chicas. Además, lo más seguro era que no tuvieran tiempo, como yo tampoco lo tendría. No obstante, aquel paseo me iba bien; necesitaba ese aire gélido que me refrescaba las ideas; ese bullicio que sonaba a mi alrededor; personas que se cruzaban conmigo en ambas direcciones y para las que no era más que un fantasma, como ellas lo eran para mí. La única diferencia era mi mutismo, que contrastaba con sus vivos diálogos; y mi mirada, que, lejos del fulgor habitual del común de la gente, miraba al suelo, ensombrecida por unas nubes que se asemejaban a las que poblaban el cielo y enfriaban el aire, que en su rauda carrera acariciaba mis mejillas y las hacía palidecer. Los demás tenían fija la vista en el frente, como es natural; y a menudo los chicos se giraban o me observaban de reojo. No es necesario estar demasiado atenta para darse una cuenta de esas cosas, en especial cuando se está acostumbrada.

En cualquier caso, aquella noche no hacía caso a esas miradas, la mayoría de las cuales eran impertinentes y desagradables. Tenía la cabeza en otra parte, como suele decirse. Gabriel, con ese modo de ser tan introvertido y misterioso, me había picado la curiosidad. Me decía que era absurdo; que era todo lo contrario de lo que buscaba en un hombre; que nunca podría sentirme atraída por él. Cuanto más lo pensaba, mayor firmeza adquiría aquella idea en mí; pero, al mismo tiempo, sentía vivos deseos por conocerlo, por saber por qué era tan reservado, tan inseguro. En medio de la soledad que empezaba a cernirse sobre mi vida desde hacía unos meses, sentía que acaso aquélla fuera la persona con la que más identificada estuviera; un compañero en la desventura; alguien que de alguna manera tal vez podría llegar a comprenderme, como le comprendía yo a él. Quería mantener el contacto.

Cuando llegué a casa, para mi sorpresa, las chicas salieron a recibirme. A decir verdad, era en cierto modo normal; yo siempre llegaba entre las nueve y las diez, y aquella noche lo hice a las doce; mas no creí que le dieran importancia. Que me retrasara y llegara sin cenar les pareció aún más raro. Sin embargo, pude apreciar unas sonrisas picaronas cuando les dije que había llegado tarde porque había estado hablando con un chico. Entonces empecé a maldecirme por haber dado esa respuesta; sabía lo que interpretarían, y más por los destellos que desprendían sus ojos; esos cuatro ojos que me miraban con cierta incredulidad, como si me hubieran creído incapaz de encenderle la llama a un hombre y de repente hubieran descubierto en mí a una pirómana. También comprendí que, si decirles la verdad había sido un error, el paseo relajante podía pasarme factura; pensarían que ese tiempo lo había invertido todo con él, y que habría habido fuegos artificiales. Mis compañeras ansiaban conocer detalles de mi supuesta víctima. Aquella madrugada los exámenes podrían esperar; tocaba someterme a interrogatorio.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

03-12-2018.

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