UNA NUEVA ETAPA (L)

Mi primera época de exámenes me dejó un sabor un tanto extraño. Nunca en mi vida académica había visto algo semejante; tres semanas durante las cuales se suspendían las clases. Era igualmente período lectivo, pero centrado sólo en los parciales y en los finales. Aquello para el profesorado universitario tenía que ser un chollo; aunque se vieran obligados a asistir al centro y a proseguir con las labores de investigación, aquello era mucho más relajado que la docencia; y muchos profesores, además, nos decían abiertamente que no les gustaba enseñar; que lo hacían por falta de sueldo. Y, en efecto, se les notaba la falta de vocación. Para ellos era como una prolongación de las navidades, con el interludio de tres semanas en medio.

En cuanto a los alumnos, ¿para qué negarlo? Aquello era un lujo. A menudo se formaban grupos que quedaban para estudiar y cesaban de manera simultánea para tomar algo y relajarse, casi como si estuvieran de acampada. El hecho de que la biblioteca estuviera abierta veinticuatro horas durante ese mes favorecía esa sensación; ayudaba a rebajar los nervios, al flexibilizar el horario. Ahí todo eran facilidades. Sin embargo, me preguntaba hasta qué punto era eso pedagógico; muchos -yo misma me habría incluido ahí meses antes- lo habrían dejado todo para el período crítico; en los exámenes habrían vomitado una información que, por la metodología aplicada, habría sido indigesta para el cerebro; y éste, al final, quedaría privado de su sustento. En cualquier caso, como ya digo, era un período agradable, donde el ambiente festivo y de camaradería se sobreponía a los nervios. Las penalidades en compañía siempre se soportan mejor.

En el patio de la biblioteca había una zona pavimentada con bancos de piedra a donde salíamos a comer algún aperitivo, o bien nos sentábamos en las escaleras. Había ahí una máquina de café, que por esos días fue harto frecuentada. Era fácil que se formara una cola de diez personas o más para tomar un poco de aquella estimulante droga, que entonces tanta falta nos hacía. Un día, poco antes de que llegara mi turno, comprobé que no tenía suelto; me giré y le pregunté al chico que había detrás si tenía cambio. Me sonrió amablemente y me invitó. Al principio me sentí un poco mal; no me gusta aceptar invitaciones; y más si no conozco. Pero creo que él se sintió muy a gusto por pagarme aquella dosis de cafeína.

En conjunto, el resultado que obtuve de mi primera experiencia evaluadora fue bueno. No saqué grandes notas, pero conseguí pasar todos los exámenes, algo que para mí fue todo un logro, y más por lo mal que había empezado el curso. También es cierto que no había podido disfrutar de esa época como la mayoría, pero al menos ya había pasado.

En medio de la soledad en que me había refugiado, me pregunté qué habría sido de Gabriel; cómo le habría ido. Lo veía en los exámenes, pero estaba tan ensimismado, que no me atrevía a decirle nada. Esperaba que le hubiera ido bien y que hubiera pasado el primer ejercicio de Penal, aquella asignatura odiosa que lo tenía mortificado la primera vez que le hablé.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

06-01-2018.

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