UNA NUEVA ETAPA (LI)

Cuando reemprendimos el curso volví a buscar a Gabriel. Lo hacía con asiduidad, aunque con cautela. Nos sentábamos juntos y contrastábamos los apuntes, por si a alguno se le había escapado algo; especialmente con el el profesor de psicología criminal, que parecía tener un motor en la lengua y pronto me obligó a crear un intrincado sistema de abreviaturas que las hacía indescifrables para cualquier persona que no fuera previamente instruida por mí.

Los martes y los jueves quedábamos para comer y hablábamos sobre nuestras vidas. Felizmente, también había pasado los parciales, incluida su asignatura maldita. Cada vez estaba más relajado conmigo; me miraba a los ojos sin reparos y bromeaba. Cuando reía me contagiaba su humor y me hacía sentir bien. Era con quien más tiempo pasaba, aunque gran parte de éste fuera en clase y en silencio, por nuestras obligaciones académicas; pero saberlo ahí y luego tener esas charlas tan amenas me bastaba.

Con el transcurso de las semanas creí llegado el momento de abordar a quien ya consideraba como mi amigo para indagar un poco más en su intimidad; saber algo de su pasado; averiguar el porqué de tanta timidez. Al principio dije que tal vez fuera por deformación profesional; pero luego he pensado que más bien se trate de un defecto que no puedo controlar, que me lleva a meter las narices donde no debo y a preguntar demasiado. Gabriel era todo bondad; sabía que no se enfadaría; pero era evidente que se sentía incómodo. En cualquier caso, cuando me respondió, despejó todas mis dudas.

Fue un jueves, mientras comíamos. El día parecía apropiado; teníamos la tarde libre; de modo que no había problema si nos extendíamos. No me importaba estar ahí varias horas hasta que nos echaran, como la primera vez. Entonces hice acopio de confianza y le pregunté si podía hacerle una cuestión personal. Noté que se ponía alerta, pero que al mismo tiempo había en él como una seguridad, como quien ya está acostumbrado a contar la misma historia una y otra vez.

-Nunca se me han dado bien las relaciones sociales; en el colegio sufrí acoso; y también en los primeros años de instituto. Quería dejarme la secundaria; iba a clase con miedo. Aquello fue traumático. Lo más que he conseguido ha sido dejar de tener problemas y de sufrir agresiones; pero a día de hoy me cuesta mucho hablar con nadie.

-Pero, ¿por qué? Lo que me cuentas es horrible, pero eso ya ha pasado; ahora has empezado otra etapa, con otra gente, con nuevas oportunidades.

-¿Y con qué experiencia? La vida que debía haber tenido me ha faltado. Casi no he tenido infancia ni adolescencia; me pasaba las tardes encerrado en casa, leyendo o viendo la televisión; a menudo me volcaba a llorar en la cama por no tener a otro niño con quien jugar. Eres una buena amiga, pero por suerte para ti no sabes lo traumático que es que te falte eso; es como que te priven de los cimientos de la felicidad. Por eso soy tan taciturno. Cuando estoy contigo me encuentro bien; pero cuando vuelvo a estar solo me hundo. Mi alma no está tranquila. Cuando estoy solo, a diferencia de ti y de otra gente, empiezo a darle vueltas a todo. Aún no tengo veinte años y ya me siento estancado, incapaz de disfrutar de la vida. Perdona. Puede que no vuelvas a dirigirme la palabra por mi franqueza; pero me hiciste una pregunta, y quise contestártela lo mejor que pude.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

07-01-2018.

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