UNA NUEVA ETAPA (LII)

Sus palabras me herían como fuertes puñaladas. Lo veía tan noble, tan sensible, tan delicado… Pensaba en lo que me contaba y no podía menos que compartir siquiera una mínima parte de su amarga pena. Que un alma tan bella hubiera sufrido tales agravios, tales injusticias, y que ahora se encontrara en tal estado, me llenaba a un tiempo de furor y de desconsuelo.

-Por favor, no te hagas eso. Aún tienes tiempo. Has tenido malas experiencias, pero aún puedes cambiar tu vida; eres joven; tienes toda la vida por delante.

-Ya. Visto así, tengo mucho tiempo, pero tendrías que estar en mi cabeza para saber cómo me siento. Después de años sin hablar con nadie, sin salir de casa… Ahora no sé vivir de otro modo, por más que éste lo aborrezca.

-Pero lo primero es pensar lo que quieres. Si tienes claro que quieres cambiar de vida, eso ya es un paso; el siguiente, aunque te cueste, lo darás.

-Ojalá pudiera ver las cosas como me las pones.

Hacía lo posible para motivarle; sonreía y procuraba transmitir entusiasmo. Pero aquella plática le había despertado recuerdos incómodos; le había perturbado aquel instante de paz que tenía su espíritu, el único, según me había dicho, por estar conmigo.

-De pequeño -continuó- tuve un tumor cerebral; pasé varios días en coma, según me dijeron mis padres; no recuerdo cuántos. Los médicos les dijeron que había pocas esperanzas; que lo más probable era que muriera. De hecho, un día antes de operarme, operaron a un niño que compartía habitación conmigo, y con el cual había estado jugando; y falleció. Yo iba camino de correr la misma suerte. Mi padre pidió permiso a los médicos para entrar a verme y pasar conmigo los días; me hablaba y me ponía una música que le gustaba mucho a mi hermana y que yo conocía, porque pasaba mucho tiempo con ella.

<<Un día desperté. Mi padre estaba conmigo en la habitación y oyó cómo le llamaba. Aquella palabra, papá, dicha por la temblorosa y casi imperceptible voz de un niño de tres años que yacía sobre una cama de hospital con goteros, apenas sonó, pero ya era un primer paso. Aquel ligero movimiento de labios, aquel susurro, puso en alerta a mi padre; se levantó y salió corriendo a avisar a los médicos. Nadie daba crédito a aquello; nadie esperaba que pudiera salir del coma. Y, a decir verdad, de no haber sido por mi padre, no lo habría conseguido. Aquella insistencia, aquella tenacidad, aquel amor que me tenía y que me ha tenido siempre, le hicieron luchar por mi vida. Su voz, como la música que me ponía, llegaba a mi cerebro y reactivaba las funciones neuronales. Según me comentó, después de aquello, los médicos animan a los familiares a acompañar a los pacientes, aún en los estados de coma.

Yo estaba yerta. Lo miraba con la boca abierta por la sorprendente noticia; por toda esa información que se me hacía a un tiempo entrañable y conmovedora, pero también dura; pues intuía que esa historia tan bella iba a tener un desenlace mucho menos atractivo. No me atrevía a interrumpirle, absorta en sus palabras; le miraba con los ojos desorbitados y hacía grandes esfuerzos por contener unas lágrimas que la emoción empezaba a agolpar en mis pupilas; eran cada vez más y más pesadas, pero no quería que se desbordara el torrente, al menos hasta que conociera todos los pormenores de aquella historia tan hermosa y tan cruda que con sus rosas y espinas me estaba destrozando el corazón.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

08-01-2018.

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