UNA NUEVA ETAPA (LIII)

<<Cuando me dieron el alta pasé largos años de rehabilitación. Al principio me había quedado completamente incapacitado; estaba ciego y me llevaban en silla de ruedas. Durante una larga temporada perdí el apetito; tomaba un complejo vitamínico para recuperar el hambre y hacerme comer. Cada varios meses debía regresar al hospital para que me hicieran pruebas; electroencefalograma para comprobar si había aún restos del tumor y ver cómo discurría, en qué condiciones estaban mis reflejos… Algunas de aquellas pruebas las recuerdo con verdadero afecto; como los pequeños rompecabezas de tres o cinco piezas para estimular la agilidad mental; o un juego donde debía enlazar varios números en progresión cardinal para formar una figura; o pintar un dibujo tratando de no salirme de los márgenes. Las enfermeras, además, eran muy comprensivas. Las mujeres tenéis algo especial; ese instinto maternal que os hace ser tan dulces y cariñosas con los niños.

<<Poco a poco fui recuperando la vista de forma natural. Mis padres me ayudaban a caminar cogiéndome cada uno de una mano. Me cansaba y me caía, pero tenían paciencia; me sonreían y me calmaban; me decían que descansara y que me recuperara. Yo continuaba esforzándome, y cada vez era capaz de recorrer mayores distancias y de subir y bajar escaleras, al principio sujetándome de la barandilla; veía que tenía más aguante y que cada vez necesitaba menos que me sostuvieran; y eso me enorgullecía.

<<Sé que puede sonar extraño, pero de niño yo me exigía mucho para superarme. Recuerdo poco de aquello; casi todo lo sé porque mis padres me lo han contado. Pero era como si fuera consciente de lo que me había ocurrido, a pesar de que tan sólo era un niño y poco o nada podía recordar de antes de la operación; pero el caso es que de alguna manera sabía que lo había perdido todo, y que debía esforzarme mucho para recuperar lo más posible. Por suerte, tuve unos padres que se preocuparon mucho y en ningún momento se desentendieron; me animaron a continuar progresando, admirados también de que me exigiera tanto; pero no me presionaban con los estudios para no fatigarme y no frustrarme si fracasaba. Esperaban a que naciera el interés en mí.

Era sorprendente oírle hablar. No me cansaba de escuchar aquel relato tan entrañable, tan mágico. Me decía que era incomprensible que ese chico estuviera solo; que nadie o casi nadie fuera de su familia conociera su historia; una historia que a mí me embelesaba y me hacía olvidarme de cuanto me rodeaba. Las pruebas de confianza que durante semanas le había dado habían hecho su efecto. Ahora se sentía seguro; sabía que podía confiar en mí y contarme ese largo libro que llevaba dentro. Mis ojos clavados en los suyos hablaban lo que mis labios callaban por pudor a romper su discurso; le decía, con las pupilas anegadas por la emoción, cuánto le admiraba, cuán maravilloso y tierno era lo que me refería; que no cesaran sus palabras; que me apasionaba esa historia nacida de una horrible desgracia, pero que había hallado como respuesta el amor de una familia y la propia lucha de él mismo. Le decía, en definitiva, que siempre podría contar conmigo.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

09-01-2018.

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