UNA NUEVA ETAPA (LX)

-Mi familia materna siempre ha sido muy beata, especialmente mi abuela. En eso se diferenciaba claramente de mi padre. Mi abuela materna decía que me había salvado gracias a dios, que había escuchado sus rezos y había hecho el milagro. De niño yo escuchaba estas historias y no decía nada, porque nada entendía; pero hoy, viendo lo que pasó, sólo puedo decir que si ese dios existiera, sería el ser más despreciable, más cruel y más sádico que imaginarse pueda. Un supuesto dios omnipotente, que permite que un niño enfermo del corazón muera en el quirófano, como murió aquél que había estado jugando conmigo el día de antes; un dios que permite que un pobre niño nazca con un tumor cerebral y le arruine la vida… Y no sólo lo permite, sino que lo desea, porque es supuestamente omnipotente y ha planeado la historia. Ese supuesto dios debería pedirnos perdón si existiera, aunque ya te adelanto que yo no se lo concedería.

Ahora lo sentía un tanto exacerbado por esa idea. La posibilidad que había acabado de plantear, la existencia de ese ser que todo lo podría y todo lo habría programado, le enervaba. De buena gana le habría dicho que había puesto el dedo en la llaga; que yo misma lo había visto y había conocido la verdadera historia; que ésta encajaba completamente con lo que había referido; y que el hermano de aquel desalmado no era más que otro perseguido, otra víctima inocente de esa mente enferma.

-Por eso aquella vez te pregunté si eras creyente. No me molestaría; puedes serlo si así gustas. Lo que me importa de alguien es que sea buena persona; no que se diga creyente y luego me insulte o me agreda. En este sentido, he sido mejor tratado por los ateos, por aquéllos que los católicos llamarían los emisarios del maligno.

<<Y en mi casa a menudo había enfrentamientos entre mi padre y mi abuela. La mente de un niño es muy maleable; por eso la iglesia busca tener presencia en las escuelas, para adoctrinar desde la infancia; porque lo que se aprende en los primeros años tiene mucha fuerza; luego hasta la razón se indigna cuando ve que las creencias quedan en entredicho. Mi padre se enfurecía de ver que mi abuela intentaba meterme esas ideas en la cabeza, porque veía que era un abuso; y porque él ya había sufrido tratos injustos por parte de la iglesia de niño. Y yo, ahora que han pasado los años, me indigno contra la iglesia y contra esa absurda idea de dios.

Era la primera vez que lo veía así. Esa faceta suya, donde salía a flote su energía, la prefería, antes que verlo abatido como en ocasiones anteriores. Qué importaba que faltara la ternura que me infundía su mirada triste, si ahora, al menos, las lágrimas no amenazaban sus pupilas; si su rostro, aún en el ardor de su discurso, podía mantenerse sereno.

-Mi padre es la persona a quien más aprecio en el mundo, y quien más me inspira a la hora de superarme y de seguir viviendo. En un cajón de su mesa de despacho, cerrado bajo llave, tiene una cajita donde guarda como un tesoro un mechón del cabello que me cortaron antes de la operación. Una tarde lo sorprendí acariciándolo. Ya podrás imaginarte cuál será su amor y su bondad. Por eso hago todo lo posible por no fallarle.

Ahora era yo la que estaba hecha un flan. Le pasé una mano por la cabeza y le acaricié dulcemente el pelo, mientras le sonreía y le miraba con admiración, impresionada por sus palabras. Gabriel, sin saberlo, me cautivaba.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

18-01-2018.

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