UNA NUEVA ETAPA (LXI)

Desde mi sitio pude observar cómo el camarero nos miraba con sus ojos de lechuzo y con una sonrisa bobalicona, apoyado contra la barra. Habíamos tardado mucho más tiempo del que estadísticamente se utiliza para tomar un bocadillo de lomo con tomate y unas pocas aceitunas. Vendría a ser la una; el bar llevaba ya un buen rato muerto de risa; y si el dueño no nos había apremiado a comer, sería porque en casa nadie le esperaría, y porque de algún modo se le haría grata la nostalgia que siempre acompaña la noche; o, simplemente, porque, viéndonos ahí, le sabía mal interrumpirnos. En cualquier caso, el tiempo pasaba; había que ir pensando en marcharse. El buen hombre se acercó a nosotros y nos dijo:

-¿Qué tal? ¿Habéis cenado bien?

-Muy bien. Muchas gracias -Respondimos al unísono.-.

-Veo que estáis muy a gusto, pero es tarde y quiero irme a dormir, que mañana he de abrir de nuevo el chiringuito. Vosotros sois jóvenes; podéis ir a otra parte a divertiros como más os guste.

Como más os guste. Era ésa una expresión muy vaga y genérica; podía significar todo y nada al mismo tiempo; desde montar en un parque de atracciones hasta tirarnos por un precipicio, pasando por beber un vaso de lejía; pero tales palabras, dichas con el tono socarrón que empleó aquel tipo, nos indujo a pensar que se refería a que tuviéramos sexo. Gabriel y yo nos miramos confundidos por el malentendido, ambos con las mejillas encendidas, aunque no dijimos nada, algo que debió de divertir más al hombre, que reía con estrépito. Pagamos y salimos.

En la calle soplaba un viento frío. Entonces me percaté de lo imprudente y temeraria que había sido al decidirme a aquella cena con tan sólo unos vaqueros y una blusa de manga corta, sin prever que a la madrugada la temperatura bajaría considerablemente. Gabriel había sido más previsor que yo; llevaba una chaquetita fina, pero que parecía suficiente. A él más bien le preocupaba otra cosa. Miraba a todas partes en medio de aquella oscuridad rasgada por los cortantes filos de las farolas, que esparcían su luz como sangre derramada del seno de las tinieblas.

-¿Qué ocurre -Le pregunté, mientras me abrazaba a mí misma para entrar en calor.-?

-Que he vuelto a desorientarme, y eso me frustra mucho; no sé dónde estamos ni dónde está mi piso.

-Tranquilo; no te preocupes. Yo sí sé dónde está el mío.

-Ya, pero yo también he de regresar; y, además, no es sólo eso; sino que, como te dije, la falta de orientación es una de mis secuelas. Cuando me enfrento a uno de mis problemas y no consigo resolverlo me siento mal.

Podía parecer raro que una tontería así le afectara tanto, pero traté de comprenderle, pensando que no era fácil para él vivir con sus limitaciones.

-Cálmate. Ya pensarás en tu piso mañana. Ahora vamos al mío; no estamos lejos.

Por primera vez desde que salimos del bar me miró. Creo que el hecho de invitarle a mi casa fue la clave que hizo saltar los resortes de su cerebro. Como si hubiera recibido una descarga que activara sus neuronas y le despertara de su letargo, dejó de mirar con sus extraviados ojos al vacío de la calle para posar en mí sus pupilas, sin duda sorprendido por mi inesperada invitación. Entonces se dio cuenta de que me estaba quedando congelada.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

19-01-2018.

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