UNA NUEVA ETAPA (LXVIII)

El único consuelo que me quedó para hacer más llevadero mi encierro fueron las visitas que me hizo Gabriel el fin de semana. El sábado me trajo los apuntes del jueves; se había pasado el día anterior pasándolos a limpio y había sacado fotocopias. Me sorprendió que se tomara aquella pequeña molestia, aquella rapidez para cuidar de los detalles. Podía haber esperado al lunes; no corría prisa. Pero era el gesto de estar siempre atento.

Su letra era un tanto especial. Obedecía al estilo que tradicionalmente se califica de médico, no tanto porque de sus trazos se desprenda que su autor es un gran erudito; sino porque los galenos, acaso por la rapidez de tomar apuntes y para elaborar las recetas, o por el motivo que sea, presentan una caligrafía harto complicada, casi indescifrable, como no sea a base de considerables esfuerzos de interpretación. La de Gabriel era pequeña y picuda; y ello, unido a las continuas abreviaturas, me hacía pedirle ayuda cada vez que me dejaba los apuntes para consultar algo. Esta vez, sin embargo, la letra estaba más cuidada; era más redondeada y más grande; y las abreviaturas habían desaparecido, dando paso a las palabras en toda su extensión.

La presencia de mi amigo me hizo sonreír y recuperar el color de cara aquellas tardes. Tentada estuve de pedirle que se quedara a dormir y repetir la experiencia de la semana anterior, pero me contuve. No quería cometer una nueva imprudencia y ahora pasarle mis gérmenes. Pero pasar las noches con él, sintiendo su cuerpo junto al mío, era una idea que llamaba cada vez con más insistencia a las puertas de mi cerebro.

El domingo nos despedimos a media tarde. Me encontraba bastante mejor; seguía teniendo tos, pero me sentía muy recuperada, con fuerzas para regresar al día siguiente a la Universidad. Por la noche me incorporé en la cama y empecé a ojear los apuntes con una mezcla de atención y de dulzura; sonreía al pensar en de quién provenían, y en a quién correspondían esos trazos. Pensaba en el modo tan azaroso en que lo había conocido, y en cómo habíamos conseguido una amistad sólida; en cómo le había ayudado siempre para que se alzara de entre los escombros donde parecía sepultado; y en cómo ahora lo veía más fuerte y era él quien me cuidaba.

Estas cosas cavilaba mientras pasaba las páginas medio distraída y las subrayaba. Las hojas se sucedían una tras otra bajo mi benigna supervisión; las acariciaba con la mirada y las pasaba, de manera que las primeras cedían su puesto a las últimas, que a su vez tomaban el relevo de las anteriores, en lo que no parecía ser más que un ciclo tan absurdo como la vida misma, con continuas repeticiones que hacían que el punto de partida y el de llegada se confundieran y se alternaran en sus posiciones.

Con todo, en aquel entonces yo no me hacía esta reflexión; sólo pensaba en lo que leía y en mi amigo, aquél cuya voz aún me acariciaba los oídos y cuyo recuerdo me hacía sonreír como a la adolescente que aún vivía en mí.

No obstante, hubo un momento en que tropecé con una hoja inesperada; una hoja que debía de haberse traspapelado y que se presentaba entre los apuntes de manera intrusa, y cuya lectura me dejó abatida.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

27-01-2018.

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2 comentarios en “UNA NUEVA ETAPA (LXVIII)

    1. jajaja. M’alegra haver-te deixat intrigada; i, sobre tot, que em diguis que està genial la història, perquè l’opinió d’una escriptora consagrada com tu és molt important, jeje.
      Una forta abraçada de tornada, Lídia!

      Le gusta a 1 persona

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