UNA NUEVA ETAPA (LXXIV)

Fue un beso largo, épico -si se me permite la expresión-; apreté mi boca a la suya y le pasé una mano por detrás de la cabeza para atraerlo hacia mí. El silencio parecía haberse instalado a nuestro alrededor; nada oíamos, puesto que nada existía; nada más que nosotros mismos. Ahí era el labio que buscaba el labio; el labio que se escapaba para tomar aliento y luego atrapar a su pareja de nuevo; la respiración ahogada que escondía un ardiente deseo durante mucho tiempo contenido, reprimido, negado; pero que al final se manifestaba con pasional y arrebatadora furia. Nuestros ojos, cerrados, nos permitían sumirnos en la fantasía y gozar con más intensidad; imaginar aquel instante que al punto estábamos viviendo, atrancando las puertas a todo cuanto no fuéramos nosotros mismos.

Cuando, saciada de devorarle la boca, separé la mía de la suya, observé que nos habíamos convertido en el centro de atención. Muchos compañeros nos contemplaban de una manera escandalosamente impertinente; mas ello no me importó lo más mínimo, entregada a aquel sentimiento que por fin se había despertado en mí. Y creo que Gabriel participaba de mi opinión; tampoco él prestaba atención a aquellos descarados mirones. Le miré con una dulce sonrisa y le pregunté:

-¿Tienes ya claro cuánto me importas?

Entonces puso cara de abducido, como quien despierta de un sueño y se siente desorientado.

-Verás, Laura: como ya te he dicho, tengo déficit de atención. Perdona. Estaba despistado. ¿Me lo puedes repetir, por favor?

Me hizo gracia su reacción; esa burla pícara que me invitaba veladamente a repetir el acto que durante tanto tiempo ambos habíamos codiciado, sin atrevernos a dar el paso.

Le sonreí de una manera cómplice y maliciosa y, sin mediar palabra, volví a besarle con aquella pasión felina que apenas unos segundos antes nos había hecho sentirnos un único ser, una única alma. El velo que antes nos separaba y que impedía desatar con completa libertad nuestro anhelo por fin se había rasgado. Ya no había obstáculos; ya no había impedimentos. Por fin habíamos llegado a ese punto donde sobraban las palabras; a ese punto donde el amor habla un lenguaje secreto. Ahí terminaban nuestros temores; ahí nacía un nuevo capítulo de nuestras vidas.

Cuando por segunda vez separé mi rostro del suyo, volví a mirarle con una sonrisa dulce y cómplice que reflejaba el deseo satisfecho, y le inquirí:

-¿Y ahora?

Él, sin abandonar su desconcierto, respondió:

-Sí; ahora lo tengo completamente claro. Si hay una relación directamente proporcional entre el cariño que me tienes y la pasión y la dulzura de tus besos, está claro que te importo mucho. No sé -Prosiguió, mientras una ligera sonrisa se le dibujaba en los labios.-; me cuenta creer que esto sea real; que tú seas real; que esto esté pasando y que seas tan maravillosa. Más bien pareces un ángel; un ángel en forma de mujer que me habla mientras yazgo dormido en medio de un placentero sueño del que no quiero despertar.

-¿Eso crees? Entonces no despiertes; sólo duerme y goza del sueño.

Le dije; y sin esperar respuesta le volví a besar. El deseo de los últimos meses se desbordaba. Me tenía por su ángel. ¿En verdad lo era? Lo dudo. En cualquier caso, si él estaba soñando, ambos estábamos viviendo el mismo sueño.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

02-02-2018.

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