UNA NUEVA ETAPA (LXXVI)

El resto de la tarde fue mucho más distendido; recuperamos el buen humor de otros momentos, desprendidos ya de nuestros remordimientos, agotado el caudal de nuestros temores.

Así, cuando, llegada la noche, nos separamos, me sentía satisfecha por el resultado de aquella cita,tan improvisada como todas las que tenía con Gabriel. Había decidido lanzarme, abrirle mi corazón. De ese modo, con aquel riesgo exitosamente superado, había conseguido no sólo disipar todas las dudas que ensombrecían mi alma, que al punto habían huido, como la espesa niebla que envuelve las montañas cuando el sol despierta de su perezoso letargo y la atraviesa con sus rayos, esparciendo su luz donde antes sólo había confusas tinieblas; sino que, además, había conjurado el peligro que tanto me había atormentado; la idea de que mi amigo -así seguía llamándole; aún no sabía si podía permitirme llamarle de otra manera; todo era tácito y un tanto confuso entre nosotros- me abandonara para siempre con aquel acto tan atroz que me causaba escalofríos cada vez que pensaba en él. Pero ahora podía irme a casa tranquila, con el recuerdo de su sonrisa, de su mirada soñadora, de su voz inocente, que por momentos llegaba a parecerme sensual y seductora, y con la seguridad de volver a verlo.

Nada trascendió del resto de la semana. Compartimos las clases y comimos juntos, siempre enfrascados en conversaciones amenas, que pocas veces tenían el mundo académico como objetivo; antes bien, preferíamos compartir sonrisas y recrearnos el uno en el otro. Nos íbamos convirtiendo en pareja sin hacerlo oficial, sin que ninguno preguntara si se había flanqueado aquel límite. Aquello era, por utilizar una terminología bélica o militar, una especie de política de hechos consumados, donde la firma de un simple tratado podía despertar alguna ligera aspereza. Así, sin comunicarnos nada, comprendíamos que era mejor dejarnos llevar. Por otra parte, el contacto que teníamos con el resto de la gente era mínimo, el justo y necesario que hay entre compañeros; de manera que, aunque fuera por compartir nuestras soledades y nuestras rarezas, nos íbamos convirtiendo a los ojos de los demás en la pareja perfecta.

Admito que aquel jueves me sentí un tanto desilusionada de que no aceptara acompañarme a casa. Me hacía ilusión que pasáramos la noche juntos y volver a dormir apretados. Ignoro si se sintió asustado; si temió que fuera demasiado deprisa y aquello le dio vértigo; aunque bien podía ser que estuviera demasiado cansado, como dijo. A veces yo también duermo mal; y cuando eso ocurre, nada mejor que la cama propia para dormir diez horas de un tirón y recuperar sueño.

Pero en su momento me quedé despagada. Me despedí de él con una sonrisa, para que no se apenara por verme afligida; pero me pasé un buen rato andando a paso lento, cabizbaja. De vez en cuando miraba en la oscuridad a lo lejos, tratando de descifrar la calle donde moraba Gabriel; preguntándome qué haría en ese instante; si estaría preparando la cena, como en aquel domingo; si estaría pensando en mí; qué opinaría de nosotros… Sumida en estas cavilaciones, no me percaté de que alguien se me acercaba por la espalda. Di un grito de espanto cuando oí mi nombre en un susurro:

-Hola, Laura.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

04-02-2018.

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