UNA NUEVA ETAPA (LXXXVI)

Ya saciadas nuestras bocas después de largos besos, nos separamos; aparté mi diestra de su espalda con cierta brusquedad y golpeé algo que había sobre la mesita de noche; algo en lo que no había reparado. Al instante me giré con un acto reflejo y vi un esbelto jarrón de cristal, semejante en su forma a la silueta de una mujer, que se balanceaba, como si su inerte naturaleza luchara por mantener el equilibrio que yo, con mi inocente negligencia, había perturbado. Gabi lo agarró antes de que se decidiera su suerte; lo detuvo y aguardó mi reacción. Entonces comprobé que contenía dos orquídeas de vainilla. Al instante, emocionada por aquel obsequio, cogí el jarrón y me lo acerqué. La orquídea es una flor que para mí encierra algo mágico; sensual, incluso; y la de vainilla, no sé por qué, me inspira aún más esa idea. Quizá sea algo muy común en las mujeres. No lo sé. Pero el caso es que Gabi acertó sin que yo le hubiera confesado previamente mi pasión.

-¡Muchas gracias! ¡Me encantan -Exclamé, mientras las cogía.-!

-No te esfuerces -Respondió, con una risita tal vez algo nerviosa.-. Por más que lo intentes, no olerás nada; son de plástico, meramente decorativas.

-¡Vaya! ¡Y yo que quería olerlas!

-Ya. Perdona. Soy muy escrupuloso en mis principios. Me cuesta entender a la gente que arranca flores porque le gustan. Si lo analizas bien, es la misma actitud que lleva a un machista a matar a su mujer para que no le deje; o algo parecido a Salomé cuando le pidió a su padre la cabeza de Juan Bautista.

<<Cuando el amor lleva a matar el objeto amado para poseerlo, entonces deja de ser amor para convertirse en una obsesión enfermiza, criminal. Amar implica sacrificarse si es necesario y aceptar la libertad del otro; incluso que no nos ame.

<<Además, las orquídeas de plástico duran más y no necesitan que las riegues. Y, por último, si fueran naturales, por la noche te robarían el oxígeno.

Me quedé pensativa. Lo que decía era muy cierto y razonable. Por si fuera poco, era un regalo hecho con la mejor intención; y me lo había llevado aquel día, cuando había dormido mal, supuestamente. Le sonreí complacida y satisfecha.

-Me pregunto si algún día sería capaz de arrancarte la cabeza para que no te me escaparas.

-¿Arrancarme la cabeza tú -Preguntó, divertido.-? ¿Qué eres, una mantis religiosa?

Nos echamos a reír. Me gustaba ese coqueteo. Cada día lo veía más adorable y delicioso.

-No juegues conmigo, tontín, que estoy un poco loca y a veces no sé lo que hago. Lo que me has contado me parece algo muy acertado -Le dije, mientras le miraba de forma perversa y era yo la que adoptaba un tono juguetón.-. Estoy de acuerdo en que amar es confiar y dar libertad; sacrificarse, incluso. Pero ya sabes que se puede estar de acuerdo en la teoría y que, en cambio, cuando algo nos afecta, nos olvidamos de nuestras palabras. Tú eres un ángel muy bueno; y precisamente por tu modo de ser me gustas tanto. Pero, ¿qué puedo hacer para no perderte nunca? Creo que acabaré arrancándote la cabeza para poder comerte la boca siempre que quiera.

Dejé el jarrón de nuevo en la mesita de noche, y sin más palabras volvimos a unir nuestros labios.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

16-02-2018.

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