UNA NUEVA ETAPA (LIX)

Nos compramos unos bocadillos en el bar del cine, como en nuestra primera cita, y los acompañamos con cervezas. Podríamos haber tomado algo un poco más consistente, pero no caímos en que la película era a las diez y media hasta que nos plantamos de nuevo en la taquilla. Pero bueno, aunque fuera una cena un tanto precipitada, lo que más me importaba era la compañía; poder mirarle a los ojos y reírnos mientras se burlaba de mi descabellada elección. Aquella cita verdaderamente formal lo mostraba más seguro, más abierto, a pesar de sus inseguridades. Que llamara para felicitarme; que fuera a ver cómo me encontraba; aquellas orquídeas; que se quedara de nuevo a dormir y que para ello se pusiera mi pijama; y ahora esa película que se me había antojado… Me sentía muy orgullosa de sus progresos; unos progresos que, además, me hacían sentir algo nuevo; algo que no había sentido antes por ningún otro chico.

Cuando empezó la película cuchicheamos todo el tiempo. Él no tenía ni idea de la saga, como de ninguna otra; si lo sacaban de los libros de historia, me dijo, era un completo ignorante. Por ello tuve que darle un curso intensivo; tratar de ponerle al día conforme se sucedían las escenas. Y no pude elegir peor momento, la verdad. A pesar de estar en última fila y hablar lo más bajito que podía, la gente se molestaba; muchos se giraban y nos lanzaban miradas cargadas de odio, como si quisieran fulminarnos; chistaban para exigir silencio, como si pretendieran arrogarse el poder mágico de alguno de aquellos superhéroes para callarnos. Nosotros, cohibidos por sus gestos, procurábamos extremar las precauciones; pero nunca era suficiente. En esos casos, el menor ruido desconcentra. Yo misma me incomodo mucho cuando la gente saca los móviles en medio de la película para leer y responder mensajes. La luz que emiten entra de una manera intrusa en la atmósfera oscura y sagrada que envuelve la sala; y al rasgarla deshace el halo de fantasía en que sumida estaba.

Con todo, era mi día, y no quería que nada ni nadie me lo estropeara; y ello pasaba por estrecharme en el asiento contra Gabi para darle las explicaciones pertinentes mientras nos cogíamos de las manos y, en medio de risitas traviesas, en parte resultado de aquella travesura que hacía a algunos insoportable nuestra presencia, comernos a besos. No entiendo por qué los demás no siguieron nuestro ejemplo. Para el tipo de película que era, una película que reclamaba un público juvenil, como era el caso, se comportaban como un puñado de viejos cascarrabias.

Cuando terminó y se encendieron las luces, nos apresuramos a salir para tomar un poco de aire y escapar de la rabia contenida de algunas de aquellas personas, que querrían aprovechar para desahogarse. Entonces , a la una de la madrugada, la noche se presentaba seductora, con las calles vacías; con un viento que me hacía cosquillas en la piel y me servía de excusa perfecta para apretar mi cuerpo contra el de Gabi. aunque ya no necesitara excusa para ello. En esta ocasión había tomado medidas; llevaba conmigo un chaquetón para aquel rigor. Pero lo que necesitaba en realidad era sentir la caricia del alma; ese calor que sólo Gabi podía darme cuando sentía su mano en mi mano; cuando nos susurrábamos palabras tiernas al oído; cuando nos deteníamos ante un semáforo con la carretera desierta por mero placer de contemplar nuestros rostros de cera bajo la pálida luz de la luna llena y besarnos hasta que cambiaran las luces, como si esas señales regularan el latir de nuestros corazones.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

19-02-2018.

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