UNA NUEVA ETAPA (XCIX)

-No puedo ver así a alguien con quien me he acostado.

-¿Por qué no? Antes de hacerlo conmigo, ya lo habías hecho con otros.

-Sí, y no he vuelto a verles el pelo, del mismo modo que no quiero vértelo a ti. Además, ahora tengo algo muy hermoso con un gran tipo; y no quiero que me lo estropees.

Esto decía cuando las chicas llegaron a casa. Aquella mañana Selena había tenido examen; e Irene, con la ternura que la caracterizaba, la había recogido al terminar y habían regresado a descansar un poco. Viendo la cara de la futura psicóloga, me pareció un tanto disgustada. Quería preguntarle, pero intuía que algo había ido mal; que tenían que haberla cogido en algún tema que no llevaba demasiado bien. Su relación con Irene era maravillosa; pero me preguntaba hasta qué punto no se estarían quemando. Su chica le hacía mimos, para tratar de animarla; pero Selena continuaba seria.

-Es que, aunque hubiera aprobado, que lo dudo, este examen me habrá bajado mucho la media -Protestó.-.

-Pero cariño, ya está hecho. No te preocupes. Ya la subirás de nuevo.

-Claro que me preocupo. Necesito la media para la beca.

Estuvieron durante unos minutos enfrascadas en aquel debate, ajenas a nuestra presencia, como si con aquella discusión pretendieran dilucidar o resolver el futuro académico o laboral de Selena. En verdad se me hacía muy raro verlas enfadadas entre sí o encontrar preocupada a una de ellas; por eso, cuando tal ocurría, era para mí un acontecimiento. Y mientras estaban hablando frente a la puerta de la habitación, Luis y yo cesamos en nuestra trifulca personal para darle a aquel suceso la solemnidad que merecía, como si presentáramos nuestros respetos por el examen fallido. En cualquier caso, ¿cuánto tiempo se tarda de media en hallar desahogo a una pena académica? ¿Y en percatarte de que tu compañera de piso y un tío desconocido te están mirando como si fueras un bicho raro, una nueva especie de mamífero recién descubierta?

Finalmente reaccionaron, básicamente por la presencia de Luis, que, como elemento novedoso, había de ejercer un efecto lenitivo en el ánimo de Selena. Fue entonces la primera vez que me alegré de que estuviera ahí.

-Hola.

Dijeron las dos al unísono, con los ojos desorbitados. Antes de que respondiera nada, me adelanté:

-Hola, chicas. Éste es Luis -Les dije con cierta sequedad, para que supieran que se me hacía incómodo y que no quería que le dieran cuerda.-.

-Encantado.

-Lleva toda la mañana fumando porros con Jean Claude y gritando. Me ha despertado.

-¿Que te he despertado? Si eran las diez cuando has entrado a su cuarto.

-Pero estudio de madrugada, porque entonces tengo más silencio. Por la tarde y por la noche me concentro mejor. Y, además, no tengo que darte más explicaciones. Tú no pagas alquiler; yo, sí.

-Bueno, perdona; iremos con más cuidado.

Después de decir esto se giró hacia las chicas con expresión un tanto patética, como solicitando su apoyo. Irene, una buenaza, se compadeció ante sus ojos de cordero degollado.

-Venga, cariño; no te preocupes. Dale una oportunidad. Ya sabe que tiene que comportarse; y también Jean Claude.

Las chicas solían hablar a una voz, como si fueran hermanas siamesas; y entonces, además, Selena estaba anulada por el disgusto. De modo que, con 3-1 en contra, di mi brazo a torcer.

-Cariño -Preguntó Irene para romper el súbito silencio-, ¿no has quedado hoy con Gabi?

-Sí. ¿Qué hora es?

-La una.

-¡Joder!

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

03-03-2018.

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