UNA NUEVA ETAPA (C)

Me di una ducha rápida y me tomé un café con leche para tratar de despejarme y para no salir de casa con el estómago vacío. Las prisas hicieron que me quemara la lengua más de una vez; pero ya estoy acostumbrada. Nunca he controlado el tiempo ni mis nervios; el primero se me ha escapado antes de que supiera qué hacer con él; y los segundos se me han rebelado como una fiera salvaje. Y aquella mañana, con el percance que tuve, ambos parecían haberse aliado para ponerme a prueba.

A las tres comimos en la cafetería de la facultad. Lo vi más taciturno que en días anteriores; no mostraba esas expresiones de ternura tan propias de él; la sonrisa apenas le nacía entre los labios. Era la suya una actitud que me recordaba a la de los primeros momentos de conocernos, pero que ahora me pareció también justificable. Si al principio se debía a su natural tímido, la causa ahora serían los exámenes, que hacían que estuviera preocupado. En tres días tendríamos el de penal, la asignatura que más se le atragantaba y que aborrecía. En cualquier caso, me afligía verlo así. Procuré hacer comentarios jocosos, animarlo, sonreírle; pero le costaba mucho hablar.

-Gabi, cariño, te noto raro. ¿Hay algo que te preocupe? ¿Es por los exámenes?

-No. Es decir, no sólo por los exámenes.

-¿Entonces?

-No lo entenderías. Lo paso mal con el cambio de las estaciones o de los ciclos. Bueno, creo que te había contado algo. Me cuesta mucho adaptarme a cualquier mínimo cambio. El paso de días breves a días largos; del frío al calor. Aunque todo haya sido paulatino, mi mente no lo asimila bien. No sé. Creo que es porque en el fondo no acabo de encontrarme a gusto con la vida. Los días cortos y fríos se me hacen más llevaderos.

-Gabi, tesoro, no empieces de nuevo con eso, por favor. Además, ahora no es momento de pensar en esas cosas; ahora tienes que estar centrado.

-Sí. Tienes razón. Pero ya es el cambio de tiempo. Pero ya ves que trato de no perder el curso.

Sentados el uno junto al otro, estudiamos desde las cinco hasta las diez, con un breve descanso a las ocho para tomar algo. Era la calma que producía la cercanía del otro; la calidez de sentir el otro cuerpo al lado, aunque fuera en silencio; poder mirarle de vez en cuando y saber que estaba ahí. Lo único que me apenaba era notarlo un tanto sombrío. Me alegraba que hubiera respondido a mi pregunta y me hubiera sacado de aquella duda; pero su respuesta, por otra parte, me indicaba que, por más que tratara de llenar el vacío que había en su alma, éste continuaba existiendo. Por mal que me pesara, me preguntaba si de verdad podría hacerle feliz; si de verdad podría sacarlo de esos miedos donde lo había conocido. Aunque breves, sus palabras me desconcertaban.

Cuando a las diez salimos de la biblioteca le propuse cenar, para darle una oportunidad de que nos retiráramos con un buen sabor de boca. Aunque fuera gastar un poco más, no importaba. Luego cada uno se iría a su casa y no habría más problema.

Y, en efecto, a ambos nos hacía falta que nos diera un poco el aire, aunque apenas habláramos. Ahí, con una cerveza y un bocadillo, de nuevo con una cena solitaria, quería que acabara pronto el período de exámenes para comprobar si todo seguía bien; si sólo se trataba de la tensión del momento; qué iba a pasar después.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

04-02-2018.

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