UNA NUEVA ETAPA (CIII)

Sin responder a tales expresiones de entusiasmo, me metí en mi habitación. Aquella madrugada no tenía la cabeza para derecho penal ni para ninguno de aquellos ladrillos que decoraban la estantería y el escritorio de mi cuarto. Me senté unos minutos frente a la mesa, pero desistí al poco tiempo; eran demasiadas cosas las que había visto en un solo día, desde la mañana hasta hacía un momento. Por suerte, la aspirina me alivió y me permitió dormir.

En adelante noté a Jean Claude más frío. Ya no me despertaba con ese olor endemoniado que casi me drogaba; ni su mirada era tan risueña como de costumbre; ni soltaba esas sonoras carcajadas de loco. Los vecinos seguramente notarían y agradecerían el cambio; pero yo me sentía culpable por comprobar que su arrebato de sensatez era consecuencia de lo bronca. Al fin y al cabo, no era más que un alma simple.

Finalmente creí que lo mejor era hablar con él y pedirle disculpas por mi cabreo. Se mostró receptivo y conciliador; entendió tanto mis excusas como mis quejas; y terminé por tolerar la presencia de Luis. Pero, honestamente, no sabía qué otra cosa hacer. Por más que quisiera tenerlo a distancia, también quería ser justa y buena con el pobre gabacho. No entendía qué pretendía Luis; pero, si se comportaban y no armaban jaleo, no tenía que haber problemas. Pero cuando, ya entrada la madrugada, dejaba mis esquemas sobre la mesa, con los libros abiertos, subrayados por rotuladores de cuatro colores distintos, desconectaba de todo y me entregaba a mis reflexiones y mi fantasía; cuando repasaba lo que había acontecido en el día; las charlas con Gabi, los exámenes, el verano a la vuelta de la esquina, sólo entonces caía en lo contradictorio que era todo; en cómo yo, que nunca había creído que pudiera enamorarme de alguien como Gabi, no dejaba de pensar en él; en cómo yo, que había acabado por aborrecer a Luis, ahora admitía su presencia, sólo separado de mí por un delgado tabique.

Al menos conseguí devolverle la sonrisa a Jean Claude. Los exámenes, por otra parte, se sucedieron con la pesadez que esperaba; cada vez me sentía más cansada. El ritmo frenético de aquel mes era criminal. Pero, si yo lo pasaba mal, Gabi lo pasaba peor. Estaba muy nervioso; se lo tomaba todo muy en serio. Por cuanto me había dicho, sabía lo importante que era aquello para él y por qué se exigía tanto. Traté dehablarle para ayudarle y hacer que canalizara sus nervios, que lo racionalizara todo; pero se le hacía muy difícil.

La víspera del examen de civil regresé a casa agitada por la situación. No sabía si era una buena idea, pero llamé a la puerta de Jean Claude.

-Hola. ¿Podemos hablar?

Pregunté, dirigiéndome a Luis. Ambos estaban tranquilos. Se miraron por un breve rato y Luis me respondió con una sonrisa, mientras se levantaba:

-Sí, claro. ¿Qué ocurre?

-Se trata de Gabi. Ya sé que es una locura, pero tú lo conoces tanto como yo.

-Ya sabes que es algo muy difícil. Sólo puedo decirte que tengas mucha paciencia. Al menos ya sólo queda una semana; después todo habrá terminado. Claro que, ya sabrás que él suele recaer en abatimiento y en irascibilidad. Eres la única persona que puede ayudarle; tú lo eres todo para él. No te lo digo para darte presión ni obligarte a nada; pero es la verdad.

-¿Por qué me ayudas? ¿Por qué le ayudas?

-Eso no se pregunta. Es mi naturaleza. Sé que en ti hay tanta bondad como en él. Eso me basta.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

08-03-2018.

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