UNA NUEVA ETAPA (CX)

CUADERNO DE GABRIEL

LA ELEGIDA (III)

La sacó de su estupor uno de aquellos intercambios, con tal saña dado, que la luz de las espadas abrazó la ciudad entera; y la vibración emitida sacudió los cristales de la cúpula hasta quebrarlos. Volvió a caer, nuevamente cegada por tan intenso fulgor. Tiritó, víctima del aire frío que se agolpaba contra su cuerpo y jugaba contra sus cabellos, que le caían por la cara y se le interponían por los ojos que, por otra parte, tenía cerrados, abandonada a lo siguiente que ocurriera, especulando el fin que tendría aquello.

Cuando pudo abrirlos, había vuelto a oscurecer; mas aquella oscuridad ya le era familiar. Las imágenes que había visto, esa especie de guerreros, ya no estaba; ningún resplandor rasgaba el firmamento; ningún viento huracanado lo cruzaba. Se dijo que entonces era noche cerrada. Ignoraba qué se habría hecho de aquellos bravos contendientes. Sentía una curiosidad enfermiza de conocimiento; de saber qué o quiénes eran. Mas no podía satisfacerla. En esos momentos, cubierta por la oscuridad y un silencio sepulcral, lo único que podía hacer era descansar, hasta que la luz del nuevo día le permitiera ver en qué había deparado todo.

Con cautela, agarrándose a la barandilla, descendió hasta la planta baja, donde se sentía más segura, resguardada de los rigores de la madrugada, y se tendió en el suelo, con las piernas encogidas, usando el bolso a modo de almohada.

Despertó con los primeros rayos del amanecer, que se filtraron por la escalera. A simple vista, nada a su alrededor había cambiado; todo continuaba igual de desértico. Pero aún quedaba ver el piso superior, que el día anterior se le había resistido.

Volvió a subir las escaleras débil y aturdida por el descanso incompleto que había tenido, pero sabía que no podría dormir por más que lo intentara. Era más fuerte esa energía que la conducía hacia lo ignoto; acaso hacia otro mundo.

Lo primero que vio fue el suelo salpicado de cristales. Se dijo que había sido una tremenda coincidencia que no le alcanzaran; que, aún los del techo, se dispersaran hacia los lados para dejar un hueco exactamente donde ella había estado, como si por algún extraño designio ella tuviera que mantener a salvo la vida. Ahí las baldosas estaban intactas a lo largo de un gran rectángulo, espacio algo superior al que había ocupado pocas horas antes su cuerpo. En deredor, todo eran añicos, las vitrinas incluidas. Pero en medio de la sala había una cámara que había permanecido intacta; una cámara que brillaba con intensidad. Se acercó a ella con cautela, procurando pisar con el mayor tacto, para no resbalar ni sufrir daño alguno.

Cuando llegó, vio una maqueta que reflejaba un combate como aquél al que había asistido. Había también un prisma de color verde esmeralda que se apagaba y encendía a intervalos que le recordaron los bruscos cambios de temperatura que había padecido. Debajo de todo ello, una cronología que abarcaba épocas que le causaban vértigo, no por la antigüedad, sino porque llegaban a predecir acontecimientos posteriores. El problema era que el idioma se le antojaba indescifrable. Quiso saber qué diría respecto a aquellas fechas, aunque no lo comprendiera. Efectivamente, cuando encontró el día anterior no entendió nada. Nada, salvo su propio nombre. Sólo ella había ido al museo; no había restos de vida; los cristales la habían respetado; y ahora leía claramente su nombre, Nidia. No. Nada de aquello era una coincidencia.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

16-03-201

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