UNA NUEVA ETAPA (CXI)

CUADERNO DE GABRIE

LA ELEGIDA (IV)

Inquieta por aquel insondable misterio, cada vez más excitada, prosiguió con la escena que había ahí dibujada, para obtener una guía a los pasos que de ella se esperaban. En la siguiente escena, se vio a sí misma en actitud serena, asiendo el prisma con ambas manos, con mirada concentrada. Tras ésta, la tercera escena ofrecía un vuelco a la situación; pues en ella aparecía la ciudad reconstruida, tal como estuviera dos días antes; y sus calles volvían a estar rebosantes de vida. Ya no había rastro de aquellos mágicos seres que con tan encarnizados odios se habían enfrentado; y el cielo aparecía reflejado con su azul diáfano, sin asomo de esos potentes rayos que la habían cegado. Pero lo que la aterró fue observar que faltaba su propia imagen, como si se hubiera extinguido. La lógica escalofriante que extrajo de ello le hizo deducir que debía entregar su propia existencia a cambio de la integridad de su tierra y del cosmos entero; que debía elegir entre la permanencia de cuanto había conocido y ella misma. Al mismo tiempo, se dijo, poco o nada valdría su vida en medio de aquella desolación; y, a decir verdad, sin sustento que llevarse a la boca, poco sería el tiempo que podría sobrevivir. Todo se reducía, por tanto, a elegir el cómo y el cuándo. Por paradójico que pareciera, ella, que se había salvado de aquella hecatombe, agora debía sacrificarse para que todo lo demás existiera.

A pesar de suerte tan adversa, no derramó una sola lágrima. Se sentía de alguna manera inmunizada a toda idea; resignada, con esa indiferencia llena de desprecio hacia un destino caprichoso contra el cual no podía luchar. Si no tenía otra salida más que la muerte, prefería acogerla cuanto antes, y acabar lo antes posible con toda aquella agonía.

Avanzó unos pasos hacia el prisma. La preciosa piedra brillaba cada vez con más intensidad. Ya no se apagaba la luz que en su interior había. Lo cogió con ambas manos para levantarlo, mas entonces se percató de su  gran peso; un peso mucho mayor que el que su tamaño hacía presuponer, y que le hizo sudar, debido al gran esfuerzo. Durante varios minutos tuvo las manos agarradas al prisma sin poder realizar el más leve movimiento; pero, de repente, la piedra pareció un poco más ligera, y por fin pudo desprenderla del pedestal donde se hallaba. Al mismo tiempo, sintió que una energía entraba en su cuerpo, como si fuera la de la esmeralda. Los minúsculos trozos de cristal que había esparcidos por el suelo se agruparon al instante y conformaron la bóveda que antes había cerrado aquella amplia sala; y de la calle empezaron a llegar las primeras voces de una vida que renacía.

En cuanto a ella, contemplaba atónita cuanto sucedía, sorprendida, a su vez, porque la supuesta muerte que había aguardado no llegara. No había notado el menor dolor, sino, por el contrario, una energía que invadía su cuerpo, en vez de debilitarlo. Cuando quiso darse cuenta, el prisma que tanto le había costado de arrancar a la tierra había desaparecido de sus manos; y no sólo eso, sino que sus manos y su cuerpo todo tampoco estaban. Ella había sido la elegida; con ella se restablecería el orden del mundo; ella lo regiría y en ella se condensaría toda la energía.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

17-03-2018.

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