UNA NUEVA ETAPA (CXII)

CUADERNO DE GABRIEL

UNA ALMA HERIDA

Durante años había subsistido alimentada por los sueños, anhelando que algún día se cumplieran, si más no fuera que en sus pensamientos. Día y noche alternaba aquel mundo monótono y tedioso con la fantasía que agitaba su mente y le hacía navegar por esos universos, a veces tiernos y románticos; a veces salvajes y violentos; pero siempre mucho más seductores e interesantes que su día a día.

Siempre suspirante, consciente en su interior de que sus deseos eran imposibles, cerraba los ojos para recrearse en sus ensoñaciones divinas y abstraerse de la existencia que le había tocado en suerte; esa existencia que le había hecho sentirse a menudo frustrada y la había llevado a aislarse; a buscar la soledad y el silencio; a evitar el contacto con personas que no sabrían comprender el vacío que le abrumaba y que incluso se permitirían juzgarla por su distancia, por sus continuos ensimismamientos y por su actitud taciturna, pesimista y tímida.

Pero lo cierto era que ella no era culpable de su destino ni podía modificar sus designios, sino que era una víctima de sus pueriles caprichos. Ella no había elegido los avatares que desde la niñez le habían azorado y que paulatinamente, como las olas del mar al precipitarse contra la roca; o el viento al acariciarla; o el sol al abrasarla, habían ido modelando su carácter arisco y lúgubre, a veces hostil. Un carácter difícil, que la había convertido en una mujer cauta y parecía haberle forjado una armadura contra el dolor; una armadura a prueba de sentimientos, para protegerse a sí misma y evitar que le volvieran a hacer daño. Pese a todo, la armadura era vulnerable; cada cierto tiempo se resquebrajaba por alguna parte y asomaba la bondad propia de su infancia; esa naturaleza que le hacía derramar lágrimas por el sufrimiento de gente inocente e indefensa, y aún más por seres queridos, y enfrentarse ante las injusticias. Más tarde, sin embargo, reaccionaba frente a una sensibilidad que se le antojaba peligrosa y reparaba los boquetes abiertos en su armadura, hasta que se volviera a quebrar. Era una continua lucha entre su yo primigenio, que anhelaba un mundo ideal que no existía, y el yo más crudo, el que había sufrido incalculables desengaños y la sumía en las tinieblas.

Era en esas tinieblas donde fantaseaba; donde se olvidaba de cuanto la rodeaba, refugiada en su coraza, y vivía sus leyendas; donde los seres que creaba y sobre los que había leído emprendían duras batallas por ejercer el dominio; donde fuerzas rivales luchaban, impulsadas por odios irreconciliables, hasta que uno imperara sobre el otro. A veces era ella quien, como demiurgo omnipotente, cincelaba aquellas historias. Con la mirada concentraba observaba el papel para que las ideas acudieran a su mente y para ver aquellas criaturas, como si sus verdes pupilas pudieran crear en tan minúscula superficie aquellos seres con sus aventuras y sus hazañas, a la par que la mano la recorría e iba estampando sobre ella aquellas letras; unas letras que, una vez escritas, parecían cobrar vida y, al mismo tiempo, alimentaban su alma nostálgica. Una alma herida; una alma que para sobrevivir se alimentaba de historias.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

18-03-2018.

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