IBALLA Y LA CUEVA DE GUAHEDUM, POR MIGUEL ÁNGEL DÍAZ PALAREA

Éste es un fragmento de una de las leyendas que componen un libro sobre las siete islas canarias que me regaló mi amiga Bea. El cuento que aquí reflejo -o la parte del mismo- se refiere a la conquista de La Gomera; un hecho trágico, como son todas las conquistas, acompañadas siempre de matanzas e injusticias; pero que el autor supo embellecer con una suerte de drama épico, un drama en verso, verdaderamente precioso, que me hizo admirar a quienes tan hermosas líneas escribía y ansiar guardar memoria suya para en el futuro leer más libros de su autoría.
¡Muchas gracias, Bea!

¿De qué serviría al gomero la llegada del europeo?

El tiempo inexorable amarró los cabestros a gusto del invasor. El conde gobernaba con mano de hierro, sometiendo a sangre y fuego a los isleños. Sus padres, Diego de Herrera e Inés Peraza, dieron las islas de Gomera y Hierro a su hijo predilecto. El joven Peraza, “El Mozo”, procedía en sus islas como absoluto dueño, como erguido oso, de ojos saltones, sonrisa fatua y temperamento tramposo. No respetaba vida, honor o libertad que estorbase a su despótico antojo. Más de una vez vendió a los gomeros como esclavos, más de una vez ahorcó sin comedimiento, rindió voluntades y del gomero quebró incluso su aliento.

Nunca se acostumbraron los pacíficos gomeros al yugo impuesto por los llegados de Europa y periódicamente se rebelaban, no era suficiente con el bautismo, calzar sus botas y vestir sus europeas ropas. Las tornas carecen de envés para los desgraciados, desde que los conquistadores a sus costas amarraron las popas de sus veleros.

Los señores de la isla ya no recuerdan que en 1402 desembarcó el normando Jean de Bethencourt en San Sebastián y fue recibido quietamente por los isleños engalanados con tabuyan de piel pintada y tamarcos. Ahora, los habitantes de la isla, bajo régimen de señorío, sufren el expolio de sus tierras de labranza y pastoreo; el despojo de los campos de cultivo, lomas, valles y montañas que fueron de sus abuelos. El normando, antes de partir rumbo a El Hierro, repartió lo robado entre mercenarios ebrios; asignó, a capricho, porciones de tierras que nunca fueron suyas entre sus matones.

¡Qué mengua! En La Gomera desembarcaron bravucones, pendencieros y acalorados buscones, con las miserias en sus almas como encomienda. Bocazas, sin mesura y recato, el suelo isleño prendieron enfundados en relucientes corazas. Piratas transmutaron a señores de simples ratas y dueños donde, bajo sus armas, sus caballos cargaban sus patas; terratenientes aquéllos que atracaron reclutados en pestilentes prostíbulos de Portugal y España, en la Europa que prende esclavos de África. La iglesia católica, entre cirios encendidos, aguas benditas, rosarios y maitines, sus tropelías y atropellos bendecía.

Pronto quebró la libertad de los isleños, se rompió su primitivo y ancestral modo de vida placentero. ¡Qué congoja! ¡Qué tormento! Los silbos lastimeros rebosan lágrimas que brincan en peñascos y lomas, descienden en revoltijos a los barrancos desriscados y penetran a hurtadillas en recónditos agujeros en el corazón de sus montañas horadadas. En lo más oculto de sus bosques, las madres lloran por sus hijos, padres, parientes y esposos, como negocio y escarmiento, esclavizados. Normandos, portugueses, castellanos, europeos aventureros, ¡qué más da!, sólo los aúnan la rapiña y los tesoros, los apilan las ansias con seres humanos de mercadeo.

Nada les importa la supervivencia de los gomeros,ya han iniciado su caza, el exterminio de aquella legendaria raza. Desde que pisaron la playa quebró, incluso, en los bosques de su libertad el mismo aliento, pregona dolorido en los bosques del Cano, la Fortaleza, Ojila el viento.

La bota ensangrentada del europeo, un mal día, pisó la isla con sus atropellos y se la apropió, con la disculpa de su dios, en el mismo desembarcadero. ¿Qué bondad trajo el europeo? En 1477 cien gomeros vendidos por Hernán Peraza fueron llevados por marineros de Moguer, Palos, Huelva, Gibraleón y Lepe como ganado al matadero.

-¡Ya arribó el despótico y arbitrario Hernán Peraza! ¡Ya quebró en el gomero toda esperanza! ¡Llamado “el Joven”, para distingos, pues heredó de su cruel abuelo nombre, apellidos, coraza y corazón negro.

Silba, critica el viento entre los troncos de laurisilva que se estremecen violentos. Nerviosos revolotean cuervos, guirres y mirlos propagando la lastimosa queja, proyectando inflamadas protestas por sus roques y desriscaderos. Sus silbos truenan: -¡Temblad, hijos de Gomet! Incuba entre nosotros un malnacido señor que que heredó la isla hoy 1485, y la subyugó contra nuestro pueblo. Su nauseabunda lujuria barrunta su propia muerte y, hermanada con ella, la parca disfruta con nuestra maldita suerte.

¡Quebró la alegría! ¡Murió el sosiego! Apenas queda esperanza. Llegó el conde Hernán Peraza y riñó con el acero de su rejón. Temblad, pueblo pacífico, cabreros, mariscadores, serenos campesinos, nada hemos podido frente a un rival que porta armas misteriosas, utensilios endemoniados que vomitan fuego y metralla y matan a distancia y, entre nuestras huestes, engendran fatal desgracia. Las promesas, los juramentos, bajo la cruz de su imponente dios, son como el humo que se disipa en el cielo, como la bruma que se retuerce, como hembra libidinosa, en el Garajonay entre las ramas de sus imponentes cedros; sus proposiciones, patéticos embustes y patrañas; argucias de truhán y bribón para prender tierras, mujeres, tiranía que apesadumbra a nuestra raza, que nos hurta nuestra libertad milenaria y de nuestras desgracias pasa. Nada de paz y avenencia bajo la cruz cristiana; escarmientos y terrible venganza bajo la aguzada espada jerezana.

Recuerdan los supervivientes que resistieron los eventos: en campo abierto se impusieron sus arcabuces, cañones, falcones y culebrinas, entre faldones de clérigos batiendo al viento en los mentideros. Sus caballos, humanos entre sus jinetes, con su velocidad hacían caer a los gomeros valientes; contra sus corazas, las granizadas de piedra, lanzas de madera templadas a fuego lento, dardos y flechas, el entrenamiento; desde niños adiestrados para eludir flechas, lanzas y piedras tiradas con toda el alma. Se cumplieron los percances barruntados por la Aremoga, la agorera mujer sabia.

Pronto germinaron enrevesadas raíces de discordia con el hediondo soplo colérico de las nupcias de la hermosa Beatriz de Bobadilla y el cruel Hernán Peraza.

Se amarró en la lejana Europa aquel matrimonio, se desenmarañó de la tela de araña de la disputas de sexos de las cortes aragonesa y castellana. Isabel de Castilla, celosa de su doncella la bella Beatriz, quería terminar con los enredos y amoríos de su mujeriego y seductor Fernando. De un plumazo desterró a la joven cortesana; contra su voluntad en la escarpada isla de La Gomera la confinó, entre palabras edulcoradas. Le eligió un marido que entretuviera sus bellos y ladinos ojos azules sin poder dejar de Canarias sus aguas. Sabía la reina que así la amancebaba con un hombre brutal y terminaba con las intrigas de cama, a las que el infiel Fernando la tenía acostumbrada. A un tiempo ganaba doble venganza y se cobraba sobre la espada del irascible Fernán Peraza el haber mandado ensartar al problemático Juan Rejón, en Hermigua, con una europea espada.

-¡Quien a hierro mata, a hierro muere!

Gritaron de júbilo en Tamarán contra el embaucador del antaño temible Tenesor Semidán, guanarteme de Gáldar.

Superados los escarpados acantilados, condujeron sus pertenencias hasta sus agrestes montañas. Beatriz de Bobadilla, alejada de la corte, sufre en su torre, repelida por el consorte, horripilantes pesadillas; él, Fernán Peraza, enano caprichoso de endemoniadas calenturas, escudriñaba la manera de a cualquier hembra mancillar.

-Hay que acabar con Fernán Peraza, que muerte el perro se vaya la rabia.

Iballa no era Orone, que henchida de dolor planeó al abismo antes de ser poseída por un licencioso y sátiro violador; voló entre riscos, con heroicidad espartana, antes de soportar el oprobio de ser manoseada y por un hispano-normando ultrajada. Orone se echó al precipicio y aguantó entre brisas sólo por un instante, para después contra las rocas del fondo del barranco estamparse. Iballa no es Orone, pero como si fuera su hermana, en sus cuerpos jóvenes late, tañe idéntica repulsa contra el lujurioso invasor.

Ser hermosa, apetecida por su linda apariencia, hiere y lacera a sus hermanos de raza y ha hecho que las primeras gotas rebasen los bordes de la taza. Ser objeto de deseo del conde le escuece al querer disfrutar el pendenciero de su joven cuerpo; Hernán Peraza, hace tan sólo unos días, la contempló en Guahedum embelesado junto a sus tierras de labranza, y el despótico conquistador fraguó obrarle lo más alejado del amor; quiso tocarla desde que posó en su delicada y tierna figura su lasciva lujuria; desde que sus libidinosas pupilas recorrieron su preciosa figura. Apenas cruzada la pubertad, era objeto de murmuraciones, y, quitada de juegos infantiles, cayó en leguas reptiles. Es lastimoso, y la pena anega su alma inmaculada. Se rebela contra lo pactado: hacer de reclamo para cazar al feroz cazador de gomeros, y que el conde trampero cayera cazado.

Iballa desea no pensar, pues rumia cómo sobará su cuerpo el enardecido galanteador, le provoca arcadas de pavor. Habrá que soportar dentro de sus entrañas al tirano que ha perseguido con saña a los suyos como una enloquecida alimaña. Hernán Peraza ha deportado a su padre Gaumet, esclavizado a isla lejana. A Tamarán entre cadenas, Pedro de Vera, caballero jerezano, con los gomeros presos ha embarcado a la trena.

Hermosa y bella como el esfuerzo de la luz de majet entre las retamas, Iballa, temblorosa, aguarda en la húmeda cueva de Guahedum, y no es precisamente a la persona que su joven alma ama. ¿Concubina o mujer joven enamorada?, se pregunta, secándose las lágrimas con las palmas.

Afuera el sol aprieta y los guirres planeas sobre el roque vigilando, a un tiempo, a sus crías en sus nidos guarecidos entre grietas, y, con sus gemidos, presagiando el desenlace de aquel fatídico percance.

¿Qué pensarán los que no conocen la celada? ¿Amancebada o vengadora de su raza? Algunos la verán como una pobre joven mancillada; otros, sin embargo, caprichosa chiquilla enamorada.

Entretiene sus pensamientos buscando recuerdos que le hagan olvidar los últimos tragos violentos; entretiene la mirada en la luminosidad difusa que dibuja de amarillo sus paredes, donde hacen sombra las retamas que por un instante se difuminan, como teme sucederá a su milenaria raza. Prefiere dejar de pensar y distrae su dolorosa encomienda volviendo a la infancia, a los recuerdos primeros de su padre Gaumet y ella sentada en sus rodillas, pidiendo que le contara historias de sus abuelos, de sus ganados y terrazas.

Qué pena le embarga, qué tormento anega sus entrañas, qué congoja ahoga su alma. No tardará Hernán Peraza en juntarse a ella y con sus dedos enjoyados manosearla. Ya, altivo, Hernán Peraza se aproxima para gozarla. Iballa teme que sobre el lecho de pieles curtidas, en la cueva de Guahedum, penetre el conde para mancillarla. Tixiade, a la que llaman Aremoga o “mujer sabia”, permanecerá alerta, vigilante, para que se cumpla el plan acordado en el risco de Taguluche y la justicia caiga implacable y el vil señor el sudado cogote agahe. Vigila la Aremoga exultante, para que pronto el lenguaje de los silbos propague por el aire de La Gomera los sonidos de la palabra muerte, gritos de victoria por el fatal desenlace.

Foto: Parque de Garajonay en La Gomera.

26-03-2018.

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