UNA NUEVA ETAPA (CXIV)

CUADERNO DE GABRIEL

LA GRAN BATALLA (II): EL SABIO ANCESTRAL

Un tanto azorada por la imagen que le devolvía el acuoso espejo, que saber más sobre lo que de ella se esperaba. Con actitud resuelta introdujo la mano en el agua; ésta se agitó, formando círculos concéntricos que deshicieron la escena que por unos segundos había contemplado y ofreciéndole, esta vez fielmente, el reflejo de su rostro concentrado; de esa mirada que escrutaba más allá de las profundidades para desenmascarar lo que sólo los dioses conocían y custodiaban con tanto celo, guardianes de un futuro que no debía ser alterado.

Cuando sacó la mano del agua, nuevos círculos se formaron en ella, así como nuevas fueron las imágenes que le mostraron. Volvía a aparecer ella de cuerpo entero sobre el unicornio que antes había visto, aunque en otras escenas estaba sola, sin el fiel animal como cabalgadura; mas, en todas las que vio, aparecía realizando ágiles movimientos para esquivar la estocada de un enemigo; y, en otras, era ella quien, tras evitar el fatal golpe, hundía con bravura la espada en sus rivales. Y ésta había ya perdido su virginal pureza del principio; se hallaba ya impregnada de la sangre de tantas personas; a veces reseca y oscura; otras, cálida y chorreante, pegajosa, cual si en cada gota portara el alma de sus víctimas, que agonizara a la par que aullaba con quejumbrosos gritos. Y gritos profería ella. Gritos de cólera mientra blandía la mortífera arma, confundidas sus pupilas con el fuego que la rodeaba.

Ya consciente de cuanto le depararían los días venideros, esta vez metió las dos manos en el lago y las juntó, formando un cuenco; las extrajo y bebió un poco de agua, mientras el resto caía entre sus dedos. Entonces vio que surgía, allá donde debía estar su rostro, el de un anciano que sin lugar a dudas la veía, pues le dirigía firmes palabras, indicaciones sobre los próximos pasos. Era un hombre con la cara surcada por numerosas arrugas, con una poblada y canosa cabellera que le caía por detrás y se mezclaba y confundía por delante con el bigote y la luenga barba, que descendía hasta más allá de la cintura. Aquel anciano daba la impresión de atesorar a sus espaldas más de un siglo, quizá dos, con toda la sabiduría propia de la experiencia que dan los años, curtido por innumerables batallas y ahora protector de la aldea, padre honorífico y general supremo de sus huestes. Mas, a pesar de su avanzada edad, no había en él muestra alguna de flaqueza o debilidad; sino, antes bien, una severidad que se desprendía de sus cejas tupidas, igualmente albas; una fuerza física que también se observaba en su mente vigorosa. Se dirigió a la joven, que paciente esperaba su mensaje, y le advirtió con voz grave:

-Camina cien metros hacia tu izquierda. Hallarás un sauce de gruesas raíces clavadas bajo tierra, con delgados anillos enmarcados en su majestuoso tronco y vetustas ramas con hojas color turquesa bajo el lago. Un manto de flores cubre la tapia que hay junto al árbol. Tira con resolución de la puerta y ábrela; ahí encontrarás la espada que te permitirá impartir justicia. Una vez la tengas, aguarda la señal para el próximo movimiento. Si tuvieras alguna duda, consulta las aguas; la voz de tus ancestro será tu poder y tu guía. Come los frutos del bosque y no olvides que en los elementos está la respuesta.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

20-03-2018.

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