UNA NUEVA ETAPA (CXVI)

CUADERNO DE GABRIEL

LA GRAN BATALLA (IV): LA SOMBRA DE UNA DUDA

Amaneció desfallecida después del día transcurrido sin otro alimento que los escasos frutos recogidos de los árboles; y, tras aliviar su sed con el agua fresca de coco, decidió estrenar su arco y gastar las primeras flechas en la caza de lo que había de ser su desayuno y su comida. Era duro autoabastecerse, y más con aquellas tormentas que copaban el firmamento y lo teñían de negro, con aquellos bravos y enfurecidos rayos que lo rasgaban como a un manto de fina seda y gritaban con coléricos bramidos. Mas ella no se amilanaba. Sabía que detenerse y hundirse era morir; que debía desafiar las fuerzas de la naturaleza con que éstas la retaban.

Así, con el ceño fruncido, aguzaba los sentidos para salvar los obstáculos. Cuando el cielo le daba una tregua, si se sentía con ánimo, bañaba su cuerpo en el lago, y luego se sentaba al amparo de un fuego que había aprendido a dominar. Si, por contra, las lluvias lanzaban desde lo alto sus gélidas saetas, se recluía en la cueva para contemplar el espectáculo de su intrépida caída; cogía algunas ramas que había cortado durante el día y les daba forma con la espada, para crearse nuevos proyectiles, y continuaba mirando por la entrada, alumbrada por el único resplandor de la hoguera, hasta que el sueño la vencía.

Una de aquellas largas noches decidió darle un nuevo uso a su espada. Caviló que, si había de enfrentar duras batallas, la larga melena azabache que desde su infancia había lucido con tanto orgullo podía serle un estorbo; y que razones bélicas le forzaban a renunciar a su extensa cabellera. Mas, cuando con actitud resuelta cortó el primer mechón, recordó las imágenes que le había revelado el lago. En todas ellas aparecía con su melena desafiante ondulando al viento. Se dijo que aquello entrañaba algún misterio, alguna incongruencia; pues el lago debía desvelarle el futuro, un futuro que en principio ella estaba rompiendo. También era cierto que, aunque ahora cortara su cabellera, ésta podría haberle crecido para el omento de desatarse la guerra. Mas aún había algo que la inquietaba un poco; y era el hecho de que el sabio no le mencionara el arco y las flechas que halló junto a la espada. En principio no le había dado importancia; mas ahora, tras comprobar lo que estaba haciendo con su cabello, creyó que debía tenerlo en cuenta. No podía tratarse de un mero descuido del venerable anciano; era un hombre demasiado capacitado para incurrir en un solo despiste. Su voz interior le sugirió varias opciones. Tal vez el sabio le ocultaba algo; tal vez había alterado intencionadamente las imágenes que le había mostrado el lago; o tal vez alguien estaba revirtiendo ese futuro que había visto.

Ignoraba cuál era la respuesta; mas, en cualquier caso, le convenía ser precavida; y la cautela le hizo considerar la tercera como la verdadera. Si así era, debía estar preparada y extremar su entrenamiento. Ya no podía confiar en los astros ni contar con la ayuda que ofrecerle pudieran las profundas aguas.

Sumergida en estas reflexiones, con un silencio interrumpido por la ruidosa llovizna y el crepitar del fuego, cortó el último mechón de su hermoso cabello, que quedó a la altura de la nuca, y se entregó nuevamente al sueño, sabiéndose ya la única dueña de su destino.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

23-03-2018.

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