UNA NUEVA ETAPA (CXVIII)

CUADERNO DE GABRIEL
LA PARTIDA DE AJEDREZ
(Reto de Alejandro González Forester).


No era aquélla la primera vez que se veían las caras, ni la primera vez que blandían sus espadas. No eran éstas talladas de mortal acero, mas fiero era el odio que se traslucía a través de sus miradas, más allá de las oscuras lentes de ambos con agrios resentimientos cargadas. Pues lejana era aquella rivalidad que les enfrentaba, tan antigua como su mutua antipatía. Bastaba que a un torneo uno de ellos acudiera para que el otro en su búsqueda fuera, siempre como enemigos irreconciliables, prestos a los más sutiles movimientos; las piezas, sus puñales. No cabía ningún benigno sentimiento. En sus pupilas aún ardía con fuerza el fuego de la vez primera; por sus sienes descendía veloz el sudor, la sombra de su pensamiento. El temor ante la derrota crecía ante rival de tan ruin calaña; había que cuidar cada gesto, cada suspiro, y asestar los golpes con saña. Pues al otro ninguno lo consideraba rival, sino despreciable alimaña; mas, por ello, humillante era caer ante semejante insecto, un ser aborrecidodo desde la más tierna infancia. 


Ambos se sentaron con ansiedad controlada, respirando lento. Sepulcral y solemne fue el silencio que invadió la sala, los espectadores que aguardaban el sangriento lance contuvieron el aliento y callaron las palabras. En el anfiteatro no cabía un alma; cientos de personas en su interior se aglomeraban. Eran muchas las partidas que entonces su andadura iniciaban, mas ninguna tantas pasiones como aquélla despertaba, pues sabían la real animadversión que ahí reinaba, aunque nadie pudiera decir el origen de tan encarnizado duelo. Asistían sedientos de sangre. Sádico público, que concurre a la plaza para contemplar en la arena a los gladiadores, enzarzados en cruel danza, hasta que uno caiga exánime en el ruedo.


Ninguna sílaba huyó de sus labios; ninguna mirada se apartó de las piezas para obsequiar al otro con un hipócrita vistazo; sólo un frío apretón de manos. Pues, aunque distantes, ambos se reconocían caballeros. No en vano estaban representadas todas las clases medievales, desde los más bajos a los más altos estratos sociales, aunque faltara el pueblo, descuido disculpable; pues el pueblo nunca importaba. Al fin y al cabo, sólo eran sólo era un número, gente apta para el trabajo y el pago de impuestos; mera chusma; simple masa.


Poco habían cambiado las cosas, a pesar del transcurso de los siglos. Eran tan sólo otros nombres y otras formas; pero soplaban los mismos silbos. Nadie sabía entonces que vivía en el medio huevo, aunque ahora todos se sabían modernos; y ahora rugía la mortífera metralla donde antes habían gritado los bravos cañones y el afilado acero.


El árbitro dio la señal, sonó un tintineo. Ahí estaban en primera línea de batalla los peones, los aguerridos infantes, dispuestos a sacrificar su sangre. Tras ellos, las torres, las sólidas fortalezas, morada de presos, soldados, clérigos; sirvientes y aliados de la realeza. Los caballos, fieles y bondadosos animales, de ágiles saltos, y por ellos temidos, pues como traicioneros eran tenidos en el combate. A su lado estaban los alfiles, los obispos usureros, amantes del diezmo y la regalía, con vertiginosas diagonales cruzando el tablero, gozando de su canonjía. La dama, que salvo el intrépido salto del sagaz equino, todos los lugares alcanza, poderosa amazona guerrera que a todos supera, resuelta a lanzarse a la batalla por su infiel consorte, el anciano monarca, promiscuo y pendenciero, que, aunque pusilánime, el más valioso; pues, cuando el enemigo lo acorrala, acaba el juego.


Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

27-03-2018/28-03-2018.

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