UNA NUEVA ETAPA (CXXI)

CUADERNO DE GABRIEL

LA PARTIDA DE AJEDREZ (IV)

El ambiente cada vez estaba más cargado en la sala. Era la tensión del duelo, los poros que traspiraban. Pero, si la febril concentración del hereje se reflejaba en su empapada camisa celeste, que de celeste en marina se había tornado, adquiriendo los tonos de las profundidades oceánicas, carentes de la luz de la superficie, sumidas en las tinieblas de los abismos, que los creyentes consideraban morada satánica, el cristiano se consumía por repeler tan duro ataque; cavilaba al compás que el segundero parpadeaba incesante y poco a poco se agotaba el tiempo. Aún había sobrado en su reloj, mas se acabaría si demasiado indagaba sin encontrar solución.

El musulmán por aplacar los nervios se levantó; recorrió la sala con pasos lentos y en la agonía de su víctima se regocijó. Ésta había empapado su planilla, y al árbitro nuevo papel para dejar de aquel drama escrito testimonio, bélico testamento; la huella de su defunción.

Regresando del mundo onírico de sus cálculos y combinaciones, con mano trémula avanzó el infante de g una casilla. Movimiento extraño, acaso por su ánimo perturbado. Su agresor, despreciando la seguridad de su vanidoso sultán, en el centro del tablero lo mantenía, expectante de la sangrienta batalla, sabiéndose a salvo de todo peligro; pues era su ejército, el de los leales de Mahoma, el sabio profeta, el que con sus afiladas lanzas atacaba.

Con delicado gesto la dama entró en combate; intrépida, llegó a f6 y enarboló su negro estandarte, el presagio de la muerte. Dos atacantes sobre el débil equino había, ya sólo amparado por la alba reina; y su consorte tuvo que marchar en su ayuda, con sus pasos achacosos, con sus últimas fuerzas. El infante de g había tenido que avanzar para evitar el temido salto del noble corcel.

Expectante estaba toda la sala cuando el infiel sorprendió con su movimiento. Renunciando a toda complacencia, con Tg8 indicó que no quería descanso regio. Mas, ¿qué significaba ese gesto? Por más atónitos que los miembros del público se quedaran, el blanco, aunque aplastado en la lucha, ducho en el sublime arte, leyó con escalofriante claridad el golpe. Fue esta vez el peón alfil dama quien avanzó una casilla, anhelante de darle al caballo de a3 una salida, para que en auxilio de su colega acudiera.

Pero lento era aquel desplazamiento, y rápido el ataque que del bando opuesto recibía. Para la defensa ya no había tiempo; todo se desmoronaba; la santa cruz, para regocijo de Oriente, perecía.

Ignorante del peligro, desafiando las afiladas lanzas, el bravo caballero sobre h4 se abalanzó para darle al glauco rey la primera estocada. El retroceso era un suicidio, pues para cada casilla había una respuesta; tres eran las piezas que atacaban al manso equino de la cruz cristiana.

Así pues, no hubo más remedio que aceptar el valioso sacrificio. Entonces, sin dar un suspiro, sin el menor pestañeo, el infante de g avanzó dos pasos, como flamante guerrero. Todos al punto el misterioso movimiento Tg8 entendieron; pues, si ahora el peón blanco no tomaba, el negro lo haría; y, abierta la columna, el rey cristiano quedaría expuesto a la torre enemiga.

Trató de defenderse con Tg1, aunque en lo más hondo de su alma desconfiaba. Ni un foso, ni una empalizada. Las débiles defensas una tras otra caían, y sobre el cielo divino la media luna roja brillaba. La pérdida de material era inevitable. La suerte estaba echada.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

31-03-2018.

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