UNA NUEVA ETAPA (CXXIV)

Aquella primera noche de mi regreso perdí la noción del tiempo. Por vez primera desde hacía dos años, me quedé completamente absorbida por aquel libro, intrigada. Pasaba las páginas sin darme cuenta, acostada en la cama, con el flexo de la mesita de noche, que irradiaba la luz necesaria para apagar mi curiosidad.Cuando los párpados empezaron a pesarme fue cuando había acabado de rebasar la página cien; y creí que debía cerrar el libro. Sólo al apoyarlo sobre la mesita vi que el despertador marcaba las cuatro. Era la primera noche que me acostaba tan tarde sin correrme ninguna juerga.

Aquel exceso tan inusitado, aquella lectura febril, donde se mezclaban mi ansia por conocer el desenlace de la saga, a la que era adicta desde que leyera el primer volumen, como el hecho de pensar en quién me lo había regalado, hizo ciertos estragos en mi sueño.

Me desperté pasado medio día. La casa estaba vacía, y fui a la cocina a prepararme un café con leche con copos de avena para acabar de despejarme y llenar un poco el estómago, a pesar de que faltaba tan poco tiempo para la comida. Era frecuente que hiciera cosas así en mis años de instituto; mi familia estaba ya curada de espanto. Lo raro era verme hacerlo sin haber ingerido una gota de alcohol y levantarme sin resaca.

Tomaba cucharadas de cereal lentamente, pensativa, cuando mis padres y mi hermana regresaron de hacer unas compras. Ésta me saludó de buen humor, bromeando, como solía hacer:

-¡Por fin te levantas, perra! ¿¡Te crees que éstas son horas de desayunar?! ¡Cualquier día nos das un disgusto; a los papás los haces abuelos y a mí me conviertes en tía!

Decía estas palabras alzando la voz, para que pareciera que estaba enfadada, pero en un tono claramente jocoso, sobre todo para mí, que la conocía tanto. A menudo ambas habíamos hablado acerca de esa forma tan excesivamente protectora de actuar que tenía nuestra madre, que exageraba desmedidamente si llegábamos más allá de media noche, como si hubiera peligro de que a partir de esa hora nos saliera pelo por el cuerpo, se nos pusieran las orejas puntiagudas y empezáramos a aullar a la luna a cuatro patas. Yo me partía la caja cuando la veía remedar a nuestra madre; y lo hice también aquella vez, cuando estuve a punto de atragantarme con los cereales. Ésta, ajena a nuestras bromas, parecía un tanto incómoda.

-¡Nena, por favor! ¡No le digas esas cosas a tu hermana! ¡Y deja de gritar, que los vecinos te van a oír! ¡A saber lo que pensarán!

Era gracioso que le pidiera que bajara el tono de voz, cuando ella misma lo alzaba. Aquella inocencia con que nos trataba, ese comportamiento tan ingenuo, nos estimulaba para continuar con nuestras travesuras. ¿Cómo teníamos que crecer con una madre así? Definitivamente, era imposible. Acabábamos sacando nuestra niña interior. Le hacíamos rabiar un poco, aunque ella sabía que bien le queríamos, y que nuestro fondo era bueno; y nuestro padre, de alguna manera cómplice, se abstenía de intervenir, salvo si pensaba que nos pasábamos de la raya.

Después de la suave reprimenda de mi madre, mi hermana la miró sonriendo y dijo, sin variar el tono de voz:

-¡¿No lo sabes!? Laura tiene un novio formal; se llama Gabi, y es adorable; y os va a hacer abuelos. ¡¿A que sí, nena!?

Me miró con una carcajada contenida, mientras el rubor me copaba las mejillas. Apenas llevaba un día ahí y ya quería matarla.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

07-04-2018.

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