UNA NUEVA ETAPA (CXLVI)

Aquella tarde mi hermana y yo nos llevamos a Gabi por el casco viejo. En nuestro pueblo, pequeño y casi desierto, poco había que ver; la vida solía darse en aquel rincón del planeta un respiro; se declaraba en huelga, como quien dice, y se trasladaba a otros pueblos cercanos, pero más grandes y bulliciosos. Pero, al menos, nadie Le quitaba su historia; sus calles estrechas y adoquinadas, con casas bajas formadas por gruesos muros de piedra. La lástima era que el ayuntamiento ya había cambiado las antiguas farolas por otras más modernas; pero las anteriores, que conocí de niña, alumbraban con una luz amarillenta, mortecina. Me encantaba caminar por ahí de noche, sobre todo en invierno; sentir el aire frío acariciándome el cuerpo y metiéndose dentro de mi vestido; imaginar que por esas solitarias calles habían circulado coches de posta hasta haría quizá dos siglos. Cuando paseaba por ahí con mis padres a menudo cerraba los ojos, y entonces creía escuchar el trote de los caballos. Ya en el instituto, solía ir con algún chico hasta los restos de la antigua muralla y empezábamos a besarnos, sin que la cosa fuera a mayores, por estar en un punto demasiado visible. Aunque solitario, por aquel lugar, obviamente, podía aparecer cualquiera.

Pero ahora, con la Universidad, se acabaron los pasos de invierno; ya no me quedaban más que las vacaciones estivales. Y por aquellas calles los rayos crepusculares de alguna manera me herían; sentía que de alguna manera aquél no era mi ambiente. Atacada de una feroz melancolía, necesitaba la luz artificial, aunque fuera de esas farolas nuevas que teníamos desde hacía unos años, y ese viento gélido que me calara hasta los huesos, excusa perfecta para pedirle a Gabi que me ayudara a entrar en calor con el fuego de su boca, de nuevo apoyados contra los restos de la muralla. Pero aún faltaban varias horas para que la noche empezara a cubrirnos con su luctuoso manto negro; y el viento, si se dejaba sentir, sería cálido, desprovisto de ese tierno romanticismo del frío, que nos hace sobrecogernos y buscar otros cuerpos. Y, por si fuera poco, nos acompañaba mi hermana. Si había de surgir la magia, no sería esa tarde.

Sara se mostraba alegre y locuaz por estar con nosotros; se notaba que procuraba ser una buena anfitriona. Caminaba ante nosotros como una bailarina, dando vueltas alrededor y canturreando en tono jovial, como si nos rindiera tributo. Otras veces seguía la marcha a nuestro lado, recobrando por unos instantes la formalidad. Fue en esos momentos cuando la vi más de una vez agachar un poco la mirada y levantar el brazo para consultar su reloj de pulsera. No hice ningún comentario al respecto, pero me dio la impresión de que quería deshacerse de nosotros, y ello me llenó de ilusión.

-Bueno, ya te has tomado cumplida venganza del susto que te dio mi madre -dijo Gabi con una amplia sonrisa.

-¿Y eso? ¿No decías que la comida estaba deliciosa -respondí, siguiendo su broma-?

-Y lo dije en serio; pero no ha dejado de interrogarme. Y la comida, aunque riquísima, me ha producido el efecto de tener una central nuclear en el estómago. Pero esto no quedará así, te lo advierto. Prepárate para la contra venganza a la semana que viene.

-¿Me estás declarando la guerra?

-A muerte.

Mi hermana, al margen de todo, veía como nos besabámos. Nunca es cómodo ver a dos personas besarse mientras se está haciendo de carabina; y Sara, además, llevaba así ya algunas horas. Entonces, ya fuera porque se hubiera cansado de nuestras monerías, ya porque le sirviera de excusa perfecta nuestra intimidad, se despidió y nos dejó solos. En su momento lo interpretamos como un acto de complicidad con nosotros.

Autor: Javier García Sánchez,

Desde las tinieblas de mi soledad,

05-05-2018.

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